El tren a Rosario salía a las siete cuarenta de Retiro y Rodrigo llegó con cuatro minutos de margen, el bolso de mano golpeándole la cadera, el cuaderno negro en el bolsillo interior del saco junto a la lapicera de tinta azul que usaba para corregir trabajos ajenos. Había dudado en traerlo. Lo había dejado en el cajón, lo había sacado del cajón, lo había vuelto a meter, y finalmente lo había guardado en el saco con la misma lógica oblicua con que uno lleva un paraguas en un día de sol: no porque crea que va a llover sino porque decidir no llevarlo se siente demasiado parecido a una promesa.
El festival se llamaba Rosario Lee y era, según el flyer que le habían mandado por correo electrónico, "un espacio de encuentro entre lectores y escritores en el corazón del litoral argentino." Rodrigo había identificado al menos cuatro imprecisiones en esa frase antes de terminar de leerla. No era un festival de ninguna importancia. Era exactamente el tipo de evento al que lo invitaban ahora: aquellos donde la categoría "autor invitado" se extendía hacia abajo con suficiente elasticidad como para incluir a alguien que había publicado una novela once años atrás y desde entonces había enseñado redacción a adultos cansados en un instituto nocturno de Palermo.
Lo habían convocado para dar un taller de un día sobre estructura narrativa. Ciento veinte pesos el pasaje de tren, traslado al hotel incluido, almuerzo incluido, cena no incluida.
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