Había un ritual que Lucía había aprendido a ver sin mirar.
Cada miércoles por la mañana, antes de que el sol alcanzara el patio interior y las palomas del tejado comenzaran su conversación de mediodía, Inés subía al ala central con un paño doblado en cuartos que no era el paño de los muebles del salón ni el paño de la porcelana de mesa ni ninguno de los otros paños clasificados y guardados en el cajón de telas con la precisión de una taxonomía privada. Era un paño que vivía solo, envuelto en papel de estraza en la segunda balda del armario del pasillo, y que Inés sacaba y volvía a guardar con un cuidado que tenía algo de litúrgico. Lucía lo había notado quizás a los doce años y nunca había preguntado porque en la mansión Rong había cosas que se entendían mejor si no se les ponía nombre.
Los miércoles, Inés limpiaba los frascos.
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