La cena de los miércoles era lo más parecido a un tribunal que tenía la familia Rong, aunque nadie en la mesa lo habría admitido.
Se servía a las siete. La mesa del comedor principal —caoba oscura con incrustaciones de nácar en los bordes, una pieza que Piedra de Jade había traído en el mismo barco que los frascos de porcelana— tenía capacidad para doce personas y con frecuencia se usaba para cuatro. El resto de las sillas permanecían dispuestas con sus fundas blancas como testigos sin boca. Esa noche estaban Aurelio en la cabecera del lado norte, porque el lado sur era de Piedra de Jade y siempre lo había sido; Lucía a la izquierda de su abuela, con el vestido azul de su madre que ya empezaba a tensarse apenas en los botones del costado; Camelia frente a Lucía, en el asiento que Piedra de Jade le había asignado la tarde de su llegada con la cordialidad de quien traza un perímetro. Inés entraba y salía con los platos sin hacer ruido, que era lo mismo que decir que Inés estaba en todas partes.
El primer plato era sopa de jengibre con tiras de tofu sedoso. Nadie habló mientras se servía. Afuera, el puerto de Valoria emitía sus ruidos de siempre a esa hora: el golpe distante de los cascos de carga contra el muelle, una voz de hombre cantando algo en una lengua que no era la de ninguno de los presentes, el olor salobre que el viento llevaba hasta el interior de la mansión por las ranuras de las ventanas lacadas.
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