El jardín de los Rong nunca había sido un jardín de flores.
Lucía lo entendió aquella mañana de forma diferente a como lo había entendido siempre — no como dato acumulado en años de mirarlo desde las ventanas, sino como algo que de repente tenía consecuencias. Las plantas crecían en hileras discretas a lo largo del muro sur, interrumpidas aquí y allá por lo que a un visitante ocasional podría parecerle maleza decorativa, pero que Lucía ahora reconocía, con una claridad nueva y ligeramente perturbadora, como una farmacia. Estaba ahí desde siempre. Nadie le había dicho que lo era.
Camelia caminaba delante de ella entre las hileras con las manos recogidas en la espalda, con la misma actitud estudiada con que ocupaba todos los espacios de la mansión: presente sin imponerse, atenta sin parecer que miraba. Llevaba puesta una bata de trabajo sobre el vestido, color tierra, con un bolsillo profundo en el costado derecho del que asomaba el cuello de un frasco pequeño de vidrio verde. No había explicado por qué había llamado a la puerta de Lucía antes del desayuno, ni por qué llevaba ya los guantes puestos cuando apareció en el umbral. Simplemente había dicho: vengo a ver cómo está el estómago, y Lucía había entendido, sin saber del todo por qué, que debía seguirla.
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