Inés fregó los platos del desayuno con agua más caliente de lo necesario, como hacía siempre que necesitaba pensar.
El vapor le subía por las muñecas, por los antebrazos, por el interior de las mangas hasta los codos, y ella lo dejaba porque había aprendido que el cuerpo requiere sus propias formas de procesamiento y que negarle esa temperatura era como pedirle a la memoria que no trabajara. La memoria siempre trabajaba. La cuestión era cuándo permitirle que lo hiciera en voz alta.
A través de la ventana de la cocina podía ver el ángulo del jardín donde Lucía y Camelia se habían quedado de pie frente a la última hilera, las dos cabezas inclinadas ligeramente hacia las plantas del muro, las dos espaldas con la misma curvatura tensa que adoptan las personas cuando están aprendiendo algo que nadie les enseñó en el momento correcto. Las había observado el tiempo suficiente para saber que Camelia estaba nombrando y Lucía estaba escuchando con una calidad de atención que Inés reconocía porque era la misma que había tenido Fernanda veinte años atrás, antes de que Fernanda dejara de tener cualquier cosa.
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