La noticia llegó al mediodía, con los olores del caldo de Inés todavía flotando en los pasillos: el consorcio Leal había enviado un mensajero a la puerta principal del almacén con un documento sellado en cera roja que Aurelio no supo leer a la primera porque las manos le temblaban. Se lo había explicado después el mismo mensajero, con la paciencia clínica de quien ha hecho ese trabajo otras veces y ha aprendido que la crueldad más efectiva es la pronunciada en tono neutro. El contrato original contemplaba una cláusula de penalización por retraso en el primer pago parcial. El primer pago parcial había vencido hacía cuatro días. Aurelio había olvidado la fecha.
La segunda crisis llegó al mismo almacén donde había nacido la primera, como si el puerto tuviera costumbre de devolver las cosas en el mismo lugar donde las había tomado.
Camelia se enteró antes de que Aurelio pusiera el pie en la mansión. No fue por Inés, aunque Inés lo supo también. Fue porque había cultivado, en las semanas desde su llegada, la costumbre de sentarse en el banco de madera oscura del corredor del primer piso entre las dos y las tres de la tarde, con un libro de botánica abierto en las rodillas que rara vez leía, en el punto exacto donde confluían los ecos de cuatro habitaciones distintas y el eje de visión hacia el vestíbulo de entrada. Una posición que parecía ociosa y era, en realidad, el observatorio más eficiente de la planta baja.
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