Chapter 1: Forty Days of Yellow Butterflies Over Castelverde

El rey Rodrigo Altamira murió un martes.

No era el día que habrían elegido los astrólogos, que llevaban semanas mirando el cielo con la ansiedad profesional de quienes saben que el cielo inevitablemente responde, ni era el día que habrían preferido los sacerdotes del Trono de Obsidiana, que necesitaban tiempo para preparar los ungüentos y las oraciones y la cara específica que uno pone cuando muere un rey. Fue un martes ordinario que olía a resina de pino y a promesas viejas, y Rodrigo lo eligió sin consultarle a nadie, que era quizás la última decisión verdaderamente suya en cuatro décadas de reinado.

Lo encontraron en la cámara oeste del palacio, sentado frente a una ventana que daba al jardín de las magnolias, con los ojos abiertos y la expresión de alguien que acaba de recordar algo importante demasiado tarde. Los médicos dirían después, con la circunspección de quienes cobran por sus palabras, que el corazón había cedido. Los cortesanos dirían, con la indiscreción de quienes no cobran lo suficiente, que el rey llevaba meses cediendo en general. La reina Isadora, cuando le comunicaron la noticia, colocó su copa de vino sobre la mesa con una precisión tan absoluta que no derramó ni una gota, y luego dijo que necesitaba un momento, y el momento duró exactamente lo que necesitó para reorganizar sus pensamientos en el orden en que resultarían más útiles.

Nadie pensó en las mariposas hasta el día siguiente, cuando la primera oleada llegó desde el sur.

Eran amarillas. No el amarillo indeciso de las flores de temporada ni el amarillo gastado de los pergaminos viejos, sino un amarillo tan saturado y tan seguro de sí mismo que hacía parecer pálido al sol de la mañana. Llegaron por millares primero, y luego por decenas de millares, y llenaron el aire de Castelverde con el rumor suave y colectivo de sus alas hasta que caminar por las calles se convirtió en una experiencia similar a caminar dentro de un sueño ligeramente impreciso. Los niños las perseguían. Los comerciantes maldecían porque se posaban sobre las mercancías. Los perros las ignoraban con la sabiduría animal de quien sabe que hay cosas que no se pueden comer ni ahuyentar, y que lo mejor ante ellas es fingir indiferencia.

Los ancianos no dijeron nada útil.

Los había que las recordaban de la última vez, cuando murió el padre de Rodrigo, y los había que afirmaban recordar la vez anterior, lo cual era geográficamente imposible dado que ninguno tenía suficientes años, pero la memoria de los ancianos funciona por herencia tanto como por experiencia y a veces no distingue entre ambas. Se reunían en las plazas y se miraban con esa solemnidad específica de quienes comparten un conocimiento que no mejora al ser compartido, y asentían, y bebían su vino, y decían que las mariposas amarillas significaban el fin de una era, que todo el mundo sabía que significaban eso, que era un signo antiquísimo y terrible, y cuando alguien les preguntaba qué hacer al respecto, cambiaban de tema con la elegancia de quienes han perfeccionado el arte de parecer sabios sin comprometerse a nada específico.

Las mariposas durarían cuarenta días. Esto también lo sabían los ancianos, aunque preferían no mencionarlo porque cuarenta días da tiempo para que la gente haga preguntas sobre lo que viene después.

En el palacio de Castelverde, que los constructores del siglo anterior habían diseñado con la ambición megalómana de quienes nunca pagan personalmente por sus propios sueños arquitectónicos, la reina Isadora Valtorre recibía a los embajadores de las siete casas nobiliarias con la cara que había aprendido a usar para los funerales: compuesta, serena, con una tristeza medida con la misma precisión con que un boticario mide sus polvos. Era una cara que le había costado años perfeccionar, no porque le resultara difícil la compostura, sino porque había tenido que encontrar el equilibrio exacto entre una aflicción demasiado evidente, que parecería actuada, y una insuficiente, que parecería calculada. El equilibrio que había encontrado era el de una mujer que lleva el dolor hacia adentro, que sufre con dignidad, que es demasiado regia para derrumbarse. Era, de los personajes que Isadora había construido para uso público, el más convincente y el más cómodo de habitar.

Los tres príncipes —Adrián de doce años, Emilio de diez, y Cosme de siete, que en ese momento perseguía una mariposa por el corredor Este con la concentración absoluta de quien no entiende todavía que hay cosas que no se persiguen— aparecieron en la sala de audiencias vestidos de negro con la rigidez de quienes han sido preparados para este momento con suficiente antelación. Adrián mantuvo los ojos bajos. Emilio miraba a los embajadores con una atención ligeramente excesiva para su edad. Cosme llegó tarde con una mariposa muerta en el puño cerrado y la inocencia intacta de los que todavía no saben que la inocencia es un lujo con fecha de vencimiento.

El Trono de Obsidiana, que según la historia fundacional de Valdoria había sido forjado con los huesos de un dios que prefirió no dar su nombre, permanecía vacío en la sala del trono con la elocuencia particular de los tronos vacíos. Era negro con la profundidad de las cosas que absorben la luz en lugar de reflejarla, y llevaba siete siglos acumulando la historia de quienes se habían sentado en él, que era una historia predominantemente breve e instructiva. Los embajadores lo miraban de reojo mientras hablaban con la reina, con la cautela de quien observa algo hermoso que podría también ser venenoso, que en este caso era una precaución completamente justificada.

Sobre la ciudad, las mariposas amarillas continuaban cayendo con la indiferencia democrática de la nieve.

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A mil quinientas leguas al norte, en el territorio que los mapas llamaban con la austeridad descriptiva de quienes nunca han tenido que vivir en él las Tierras del Norte Helado, Esteban Solano se despertó esa misma mañana con el olor familiar de la resina de pino y el sonido del viento contra las piedras del castillo de Valmora, que llevaba trescientos años resistiendo ese mismo viento con la obstinación arquitectónica de las cosas construidas para durar más que las razones que las construyeron.

Era un hombre de cincuenta y tres años que parecía llevar la misma cantidad de tiempo encima que el castillo: sólido, un poco severo en los ángulos, gastado donde debía estarlo y firme donde importaba. Tenía el cabello gris de los hombres que se volvieron grises antes de tiempo porque el norte acelera ese proceso con la eficiencia de quien tiene muchas otras cosas que hacer. Gobernaba las tierras del norte desde hacía veinte años con una honestidad tan inflexible que sus enemigos la confundían a veces con estupidez, y sus amigos también, aunque ellos lo hacían con más afecto.

Se enteró de la muerte de Rodrigo por un mensajero que llegó cubierto de barro y de agotamiento un jueves, cuatro días después del martes en que el rey había decidido morir sin consultar a nadie. Esteban leyó el mensaje de pie, junto a la ventana que daba al patio, donde sus soldados entrenaban en la nieve con el pragmatismo de los hombres que viven en lugares donde el frío no es un estado climático sino una condición permanente de existencia.

No lloró. Se quedó inmóvil el tiempo suficiente para que su secretario, un hombre delgado llamado Herrán que llevaba quince años aprendiendo a leer el silencio de su señor, saliera discretamente de la sala y cerrara la puerta sin hacer ruido. Luego Esteban dobló el pergamino, lo guardó en el bolsillo izquierdo, y fue a buscar la botella de aguardiente de ciruelas que Rodrigo le había mandado hacía tres inviernos con una nota que decía: para cuando haga falta. La abrió. Sirvió dos copas con la naturalidad de los actos absurdos que de todas formas uno necesita realizar, dejó una sobre la mesa, y bebió la otra despacio, mirando el fuego.

Había conocido a Rodrigo cuando ambos tenían siete años y el futuro rey había llegado a las tierras del norte con su padre para inspeccionar las guarniciones fronterizas, y se había caído en la fuente del patio principal intentando atrapar un pez con las manos. Esteban lo había sacado del agua y el príncipe, empapado y orgulloso, le había ofrecido la alianza de su amistad con la solemnidad de los niños que todavía creen que los pactos se sellan con palabras. Cuarenta y seis años después, la copa vacía sobre la mesa era lo más parecido a una tumba que Esteban podía ofrecerle desde aquí.

Los días siguientes trajo el duelo la ocupación particular de los hombres prácticos que no saben cómo sentir sin hacer algo al mismo tiempo: revisó los registros de las guarniciones, inspeccionó las provisiones para el invierno, resolvió tres disputas territoriales entre familias vecinas con la misma ecuanimidad con que habría resuelto cualquier martes ordinario. Solo su secretario Herrán notó que el señor de las tierras del norte firmaba los documentos con una presión ligeramente mayor de lo habitual, como si la pluma necesitara más resistencia para hacer su trabajo.

La carta de la reina llegó cuarenta días después de la muerte de Rodrigo.

Llegó un miércoles, a la hora en que el sol del norte aparece brevemente antes de rendirse de nuevo a la nube, sellada con lacre negro y con el sello de la Casa Valtorre: una mariposa sobre una corona, que era un símbolo que los Valtorre habían adoptado dos siglos atrás y que solo ahora, con Castelverde cubierta de mariposas amarillas, adquiría una dimensión irónica que la casa real no había previsto. Esteban tomó el sobre con la misma calma con que tomaba cualquier correspondencia oficial, que era la calma de un hombre que ha aprendido a tratar los papeles importantes con indiferencia hasta leerlos, por si resultan menos importantes de lo que parecían.

Resultó ser exactamente tan importante como parecía.

La reina Isadora Valtorre, viuda de Rodrigo Altamira, regente del Trono de Obsidiana hasta que el príncipe Adrián alcanzara la mayoría de edad, le ofrecía a Esteban Solano, señor de las tierras del norte, el cargo de Mano del Rey.

Esteban la leyó una vez. Luego la leyó otra. Luego la leyó una tercera con la concentración de alguien buscando el error que debe estar ahí, porque las cosas que parecen honorables a la primera lectura generalmente mejoran o empeoran a la tercera. Esta se mantuvo igual en las tres lecturas: formal, elegante, articulada con la precisión de alguien que conoce el peso exacto de cada palabra que elige. La reina invocaba la amistad entre Esteban y Rodrigo, la reputación del señor del norte por su honradez sin fisuras, la necesidad del reino de tener en ese cargo a alguien que sirviera a Valdoria con la misma lealtad que había servido al hombre. Era, en todos los sentidos identificables por un hombre que lleva veinte años leyendo correspondencia administrativa, una carta honorable.

En el corredor, más allá de la puerta cerrada, Herrán esperaba con la paciencia de quien ya sabe la respuesta aunque todavía no conoce la pregunta.

Esteban fue hasta la ventana. Abajo, en el patio, un grupo de soldados jóvenes practicaba formaciones en la nieve con la torpeza productiva de quienes aprenden que los errores en el entrenamiento duelen menos que los errores en la guerra. El viento bajaba desde las montañas cargado de nieve seca y de esa clase específica de silencio que solo existe en los lugares donde el invierno es una entidad con opiniones. Olía, como siempre, a resina de pino y a piedra fría y a algo indefinible que Esteban identificaba como el norte mismo, que es un olor que se instala en la ropa y en el pelo y en la memoria y que resulta difícil de sacarse incluso cuando uno se aleja.

Dobló la carta. La guardó.

— Herrán — llamó.

El secretario entró con la prontitud de quien llevaba quince años esperando al otro lado de las puertas.

— Empieza a preparar el equipaje — dijo Esteban — . Viajamos a Castelverde.

Herrán anotó algo en su cuaderno con la neutralidad de un hombre que ha aprendido que las opiniones sobre las decisiones de su señor son bienvenidas exactamente cuando se le piden.

— ¿Cuándo partimos, mi señor?

— Cuando deje de nevar — dijo Esteban, y luego, mirando por la ventana la nieve que caía sin ninguna intención de detenerse —: O en tres días. Lo que ocurra primero.

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Lo que Esteban no sabía, porque estaba en el norte y las noticias viajan en Valdoria con la velocidad de los caballos más lentos y el rumor más rápido pero los dos raramente coinciden, era que ese mismo miércoles en que él recibía la carta de la reina, caía sobre Castelverde la última mariposa amarilla.

Una sola. Pequeña. Que descendió desde una altura imposible de determinar, rotando despacio sobre su eje como si buscara el lugar exacto donde posarse, y finalmente aterrizó sobre el borde de la fuente en la plaza central de la ciudad, la Plaza de la Mariposa, que debía su nombre a un evento similar ocurrido dos siglos atrás y que nadie recordaba con suficiente precisión para establecer si era un buen presagio o un mal augurio llamar así a una plaza.

La mariposa se quedó quieta el tiempo suficiente para que tres personas distintas la vieran. Luego abrió las alas una última vez y murió, con la discreción de las cosas que esperan haber cumplido su función antes de cesar.

Los ancianos, cuando se corrió la voz, asintieron entre sí con esa expresión de quienes confirman algo que ya sabían y no les resulta particularmente reconfortante saberlo.

Cuarenta días. El fin de una era.

Los que preguntaron qué venía después no recibieron respuesta, que también era, en sí misma, una clase de respuesta.

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A la misma hora, en el Muro de Hielo Eterno, que era la frontera septentrional del territorio de Esteban Solano y que los soldados apostados allí llamaban simplemente el Muro, con la economía de palabras de los hombres que pasan demasiado tiempo solos con el frío para gastar energía en adjetivos, Nicolás Solano terminaba de escribir su cuarto informe del mes.

Tenía veintiséis años y la compostura específica de los hijos menores que han aprendido a no competir con los hermanos mayores sino a encontrar el espacio lateral que los mayores dejan vacío sin darse cuenta. Era más delgado que Marcos y más silencioso que ambos su padre y su hermano, con ojos del color gris oscuro del hielo profundo y una manera de quedarse inmóvil que no era pereza sino atención: la quietud de alguien que escucha con todo el cuerpo.

Llevaba tres años en el Muro. Lo habían enviado su padre, que reconocía en él esa capacidad para el silencio que la corte habría destruido con su eficiencia habitual, y él había aceptado la asignación con la ecuanimidad de alguien a quien la soledad no le parece un castigo sino una condición bastante honesta de la existencia. El Muro de Hielo Eterno tenía cuarenta metros de altura en sus tramos más bajos y se extendía de este a oeste por quinientas leguas de horizonte blanco, y más allá del Muro nadie había ido en cuatro siglos y regresado con algo que valiera la pena contar. Nicolás no había intentado ir más allá. Tenía suficiente con lo que había de este lado.

Los sonidos habían comenzado ocho meses atrás.

No eran sonidos que se pudieran transcribir en notación musical ni describir con el vocabulario disponible para los sonidos que hacen las cosas conocidas. Eran sonidos que venían de abajo, desde el interior del hielo, con la periodicidad irregular de algo que respira o que piensa, y que se manifestaban preferentemente entre la medianoche y las cuatro de la mañana, que era también la hora en que el frío alcanzaba su máxima intensidad y los soldados de guardia concentraban toda su atención en mantenerse despiertos y en no mencionar lo que oían porque mencionar ciertas cosas es la forma más rápida de que los compañeros dejen de tomarte en serio.

Nicolás los mencionaba. Era la razón principal por la que sus informes eran leídos por sus superiores con el escepticismo resignado de los hombres que nunca han estado donde él está a las tres de la mañana.

El cuarto informe de este mes describía con precisión milimétrica la secuencia de sonidos registrada durante los últimos diez días: su frecuencia, su duración aproximada, la dirección desde la que parecían emanar si uno se movía a lo largo del Muro manteniendo el oído contra la piedra, y los patrones de condensación anómala que aparecían en ciertas secciones del hielo después de los episodios sonoros. También describía las configuraciones que esos patrones de condensación dibujaban en la superficie del hielo, que no se parecían a ningún mapa que Nicolás hubiera estudiado pero que se repetían con la consistencia de algo que intenta comunicar un mensaje a alguien que todavía no tiene el vocabulario para recibirlo.

Firmó el informe, lo selló, y le entregó el pergamino al mensajero que esperaba en la sala baja de la torre de guardia con la expresión de quien ha aprendido que los mensajes del joven Solano son recibidos al sur con una mezcla de respeto por el apellido y escepticismo por el contenido, y que esta combinación resulta bastante sana para un mensajero porque significa que nadie le echa la culpa a él por las noticias.

Luego subió a la muralla.

El viento en la cima del Muro era de la variedad que no sopla sino que empuja, con la convicción de quien tiene un destino y no tolera obstáculos. Nicolás se apoyó en el parapeto con la naturalidad de los hombres habituados a los bordes y miró hacia el sur, donde el camino a Valmora desaparecía entre el bosque de pinos que en invierno adquiría el color gris plateado de los sueños que no se terminan de recordar.

Vio la figura de su padre salir a caballo del castillo de Valmora, pequeña a esta distancia, acompañada por el grupo de jinetes que constituirían su escolta hacia Castelverde. Supo que era su padre no por los detalles de la figura, que la distancia borraba, sino por la manera de sentarse en el caballo, que era la manera de los hombres que montan porque necesitan llegar a algún sitio y no porque disfruten el trayecto.

No agitó la mano. La distancia era demasiada y su padre no miraba hacia atrás, que también era una manera de ser de los hombres que van hacia algo con suficiente certeza de que están haciendo lo correcto como para no necesitar despedirse de lo que dejan.

Nicolás los observó hasta que desaparecieron entre los pinos.

Luego devolvió la atención al norte, al hielo, a la oscuridad blanca e infinita que comenzaba al otro lado del Muro y que esa noche, como todas las noches recientes, guardaba en su interior un sonido que nadie más escuchaba con la atención que merecía.

Sacó el cuaderno de notas que llevaba en el bolsillo interior del abrigo y anotó: padre parte hacia Castelverde. Los sonidos del hielo anoche, duración aproximada dos horas, procedentes del sector central, patrón 7 con variación nueva en el segmento final. Investigar si la variación corresponde a cambio de temperatura o a algo más. Pendiente: todo lo demás.

Cerró el cuaderno.

Debajo de sus pies, a una profundidad que los instrumentos de medición disponibles no alcanzaban a precisar, algo en el interior del Muro de Hielo Eterno se movió, con la lentitud enorme y deliberada de las cosas que llevan siglos esperando que se cumpla la condición exacta para comenzar.

Nicolás lo sintió a través de las suelas de las botas, como una vibración demasiado baja para ser sonido, y lo anotó también, con la letra precisa y sin ornamentos de alguien que ha aprendido que la exactitud es lo más parecido a la esperanza que puede permitirse un hombre en su posición.

El sol del norte se rindió a la nube.

La nieve empezó a caer de nuevo, blanca y silenciosa, sobre el camino por donde Esteban Solano se alejaba hacia el sur, hacia Castelverde, hacia el cargo que la reina le ofrecía con la generosidad de quien regala algo que ya ha decidido recuperar.

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Chapter 1: Forty Days of Yellow Butterflies Over Castelverde — El Reino de las Mariposas Muertas | GenNovel