El viaje de Esteban Solano desde Valmora hasta Castelverde duró dieciséis días, tiempo suficiente para que el frío del norte se le instalara en los huesos con la permanencia de una opinión formada en la infancia, y tiempo insuficiente, como se vería después, para que aprendiera a desconfiar del calor que encontraría al final del camino.
Llegó un jueves al amanecer, cuando la ciudad dormía todavía ese sueño entrecortado y culpable de los lugares que han estado de fiesta demasiado tiempo y no saben muy bien cómo regresar a la vida ordinaria. Las mariposas amarillas habían cesado hacía exactamente tres días. Los ciudadanos de Castelverde barrían los últimos cadáveres de alas de sus umbrales con la resignada eficiencia de gente que ha normalizado lo extraordinario, y los montones dorados en las esquinas de las calles despedían todavía ese olor particular que tenían, una mezcla de polen y de algo más antiguo, que los botánicos consultados no supieron identificar con precisión y que los ancianos identificaron perfectamente pero prefirieron no describir.
Esteban entró por la Puerta del Norte montado en el mismo caballo castaño que había ridden durante los últimos ocho años, y los dos guardias de la puerta lo saludaron con la inclinación exacta que correspondía a la Mano del Rey, un gesto que Esteban recibió con la incomodidad genuina de alguien que todavía no se ha acostumbrado al título. Llevaba la cadena de la Mano enrollada en el bolsillo interior del abrigo porque ponérsela durante el viaje le había parecido ostentoso, y la llevaba allí con la misma sensación difusa de que portaba algo que no era del todo suyo, aunque no sabría decir de quién era si no suya.
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