Leandro Valtorre llegó a Castelverde un jueves por la mañana, como llegaban todas las cosas que habrían de durar: sin anunciarse debidamente, con una delegación menor de la que correspondía a su rango, y con esa particular economía en el gesto que distingue a los hombres que no necesitan demostrar nada porque la demostración ya fue hecha, archivada y consultada por sus enemigos en momentos de insomnio.
Lo anunció el chambelán Rufino Esca con la entonación exacta que reservaba para los visitantes cuya importancia excedía el protocolo disponible, lo cual era, en el caso de Leandro Valtorre, la situación más precisa que podía describirse. El general había ganado doce campañas en fronteras que los tratados posteriores habían disuelto o redibujado hasta hacer irreconocibles, de modo que sus victorias existían ahora en esa incómoda categoría de hechos históricos que todos reconocen y nadie sabe cómo celebrar sin despertar conversaciones inconvenientes. Era el hombre más condecorado de Valdoria y el único cuyos galardones se exhibían en los archivos militares en lugar de en las paredes de su casa, no por humildad sino por una especie de desinterés aristocrático por los trofeos que él mismo consideraba redundantes.
Esteban lo recibió en el patio de armas porque eso era lo que correspondía hacer cuando llegaba un comandante en visita oficial, y porque el patio de armas era el único espacio de Castelverde que le resultaba comprensible: tenía suelo firme, cielo visible, y ningún espejo.
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