Chapter 4: What the Three Princes Inherited from Their Father

Los príncipes recibían instrucción cada mañana en la sala que los documentos de palacio denominaban, con la pomposidad característica de los funcionarios que nombran espacios que nunca habitan, el Salón de las Disciplinas Reales, pero que los sirvientes llamaban simplemente el cuarto de los niños, con la franqueza afectuosa de quienes limpian los derrames de tinta y recogen las plumas que los jóvenes Altamira tiraban al suelo cuando la gramática les resultaba insoportable.

Esteban Solano encontró el pretexto de asistir en la firma de unos decretos menores de administración que el preceptor, un hombre delgado llamado Domiciano Rúa, debía certificar con el sello de la Mano del Rey antes de que pudieran distribuirse a las provincias. Era un pretexto de los que se sostienen sin dificultad porque contienen, en su núcleo, algo verdadero: los decretos existían, la firma era necesaria, y nadie en palacio preguntó por qué la Mano prefirió entregárselos en persona al preceptor a las nueve de la mañana, en lugar de enviarlos a través del sistema ordinario de mensajería interna que habría tardado exactamente cuatro horas menos.

Se instaló en el fondo de la sala, de pie junto a la ventana que daba al jardín este, con los decretos bajo el brazo y la expresión de alguien que espera con paciencia administrativa, y observó.

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Chapter 4: What the Three Princes Inherited from Their Father — El Reino de las Mariposas Muertas | GenNovel