La semana quinta de la Mano del Rey comenzó como habían comenzado las cuatro anteriores, con el sonido de los pasos de Esteban Solano atravesando los corredores del ala este antes del amanecer, cuando el palacio aún conservaba esa oscuridad de acuario que los sirvientes conocían bien y los visitantes nunca terminaban de aprender. Pero algo había cambiado en los corredores sin que nadie pudiera señalar exactamente el momento del cambio, de la misma manera que nadie puede señalar el momento en que el agua de un río comienza a oler distinto antes de las crecidas: el cambio estaba ya completo cuando uno lo notaba, y notarlo no servía para nada excepto para nombrarlo.
Los sirvientes lo habían nombrado.
El nombre llegó, como llegan estos nombres en los palacios que han acumulado suficiente historia para producir su propio vocabulario del horror, no por decisión de nadie en particular sino por esa lenta condensación de los susurros en palabras que ocurre cuando un grupo de personas comparte algo que no puede decirse en voz alta durante suficiente tiempo. La cocinera Perpetua Mancilla fue quizás la primera en usarlo con la intención de que durara, aunque ella habría negado cualquier autoría, porque en Castelverde atribuirse la invención de una palabra para los muertos que caminan era exactamente el tipo de distinción que uno prefería no tener. Los llamaban los Recordadores. Los Recordadores, porque aparecían únicamente ante quienes compartían su conocimiento particular, ante quienes sabían lo mismo que ellos habían sabido en el momento de morir, con la selectividad de un veneno que reconoce a su huésped.
Create a free account to unlock all chapters. It only takes a few seconds.
Sign In FreeCreate your own AI-powered novel for free
Get Started Free