El desierto de Areth tiene la virtud de no prometer nada. Esta es, en opinión de Valentina Aurantos, la única virtud que merece ese nombre, y la única que el desierto comparte con los muertos, con los dioses menores y con las personas que han perdido ya todo lo que podían perder y han descubierto, al otro lado de esa pérdida, algo que se parece a la libertad pero que es, en realidad, mucho más útil que la libertad: la ausencia de miedo a perder de nuevo.
Había llegado al desierto un jueves de agosto, nueve años atrás, con diecinueve años, tres huevos envueltos en tela de lana y una bolsa de cuero que contenía exactamente lo siguiente: treinta y dos monedas de plata, un cuchillo de monte, el sello de la casa Aurantos grabado en un medallón de bronce que ya no significaba nada que el mundo reconociera como válido, y un compendio de historia natural en cuya última página alguien había anotado, con una letra que no era la suya, las condiciones necesarias para incubar huevos de serpiente alada en climas extremos. No supo nunca quién había escrito esa nota. Supuso que era la clase de cosa que se sabe sin saber cómo se sabe, información depositada en uno por la acumulación de generaciones que también necesitaron saber exactamente eso en exactamente ese momento.
La noche que llegó al desierto, Valentina durmió en la arena con los tres huevos contra el abdomen, produciendo con su propio calor corporal lo que el sol ya no podía producir una vez que se ponía. Tenía completa claridad sobre su situación. Las casas Merrin, Solbara y Cendoya habían acordado, en una negociación que la historia ulterior llamaría reorganización política y que los que participaron en ella llamaron, en los documentos privados que Valentina había leído antes de que la quemaran, resolución del problema Aurantos, desmantela su familia en el transcurso de una semana de junio con la eficiencia de personas que habían planificado la operación durante al menos dos años. Su padre murió el primer día. Su madre el tercero. Sus dos hermanos mayores en el quinto y el séptimo, respectivamente, con la simetría que tienen las operaciones bien organizadas. A Valentina no la mataron porque tenía diecinueve años y porque matar a una muchacha de diecinueve años requería un tipo de determinación que las casas Merrin, Solbara y Cendoya todavía no poseían, aunque Valentina calculó entonces, con la precisión que le sería característica, que adquirirían esa determinación en el plazo de dos o tres años, lo cual le daba exactamente ese tiempo para convertirse en algo que no convenía matar.
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