Esteban se levantó a las cuatro de la madrugada del día del consejo, cuando el palacio dormía con esa respiración lenta y culpable que tienen los edificios que guardan demasiados secretos, y preparó sus documentos por última vez con la meticulosidad de un hombre que sabe que el orden externo es el único tipo de orden que todavía controla. Había dormido tres horas. Las había dormido bien.
Sobre el escritorio de la sala de mapas, dispuso los papeles en cuatro grupos: primero, las copias de los registros de bautismo con las discrepancias subrayadas en rojo, esa caligrafía inequívoca que pertenecía a tres amanuenses distintos y que sin embargo coincidía en omitir sistemáticamente el mismo detalle en documentos separados por meses y por ocasiones separadas; segundo, las notas de la galería de retratos con las mediciones aproximadas de los rasgos Altamira y las mediciones igualmente aproximadas de los mismos rasgos en los tres príncipes, donde las diferencias eran pequeñas pero eran del tipo de pequeño que crece cuanto más tiempo se mira; tercero, el árbol genealógico ensamblado durante cinco semanas de documentos prestados, con la v minúscula solitaria en el espacio que correspondía al padre verdadero de Adrián, Emilio y Cosme; y cuarto, una hoja en blanco, porque Esteban había aprendido en dos décadas de gobierno norteño que los argumentos más honestos reservan espacio para lo que aún no saben.
Ató los grupos con cinta azul, el color que en la administración del norte significaba materia urgente y verificada. Luego se quedó sentado frente a ellos durante un tiempo que no midió, con las manos planas sobre la mesa, mirando sus propias manos como si intentara reconocerlas.
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