La carta llegó un miércoles de nieve horizontal, el tipo de nieve que no cae sino que viaja, que atraviesa el aire en ángulo recto con la determinación de algo que tiene un destino preciso y no está dispuesto a desviarse por cortesía. El mensajero había tardado nueve días desde Castelverde, y tenía el aspecto de quien ha dormido tres noches sobre su caballo y las otras seis encima del miedo, porque cuando un hombre cabalga con una carta de la Mano del Rey y encuentra en el camino a tres soldados con la insignia Valtorre preguntando hacia dónde se dirige, aprende a dormir con los ojos abiertos y el caballo ya ensillado.
Marcos Solano recibió el sobre de pie en el umbral de la sala de mando, donde el viento encontraba la manera de colarse por las juntas de la piedra con la misma persistencia con que el frío norteño encontraba siempre las grietas en cualquier cosa que pretendiese estar cerrada. Lo reconoció por el sello, por la caligrafía en el sobre, por el peso específico del papel que su padre usaba, un papel grueso de molino que olía levemente a la resina de pino del norte porque Esteban Solano había llevado ese papel consigo a Castelverde igual que había llevado sus botas y su código de honor, sin considerar la posibilidad de que el sur tuviera sus propias fibras, sus propios árboles, sus propias maneras de registrar las cosas que importaban.
Se quedó de pie para leerla. No porque hubiera decidido hacerlo, sino porque algo en los dedos lo supo antes que la mente, que sentarse significaría aceptar el peso de lo que decían las palabras, y que ese peso, una vez aceptado en la postura del cuerpo, se volvería irreversible de una manera específica que de pie aún no era.
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