Las serpientes de Areth llegaron a Castelverde un miércoles de febrero que olía a piedra mojada y a algo más antiguo que la piedra, algo que los habitantes de la ciudad reconocieron sin poder nombrar, de la misma manera en que se reconoce el olor del miedo antes de identificar su causa. Merrin, Solbara y Cendoya volaron sobre las murallas orientales al amanecer, cuando la luz todavía no había decidido si quedarse, y sus sombras cruzaron los tejados con la deliberación de cosas que saben exactamente adónde van. Los guardias de la muralla oriental informaron al capitán de turno. El capitán informó al chambelán. El chambelán Rufino Esca leyó el informe dos veces, lo dobló con cuidado extraordinario, y fue a despertar a la reina con la expresión de un hombre que ha pasado veinte años preparándose para noticias malas y descubre que las ha subestimado.
Isadora estaba ya despierta. Llevaba una hora sentada ante la ventana norte, observando el amanecer con la atención que otros reservan para los textos difíciles, como si el cielo contuviera instrucciones que era necesario descifrar antes de que cambiara el capítulo. Cuando Rufino entró con el informe doblado, ella extendió la mano sin volverse.
Lo leyó una sola vez.
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