El río Aldaverde llegó a Marcos Solano con el olor que tienen todos los ríos en invierno: hierro y lodo y algo orgánico que no termina de definirse, como si el agua cargara en suspensión la memoria de todo lo que ha disuelto. Llegó un amanecer de niebla baja y frío cortante, con cuatro mil hombres a sus espaldas y la certeza, clara y limpia como el filo de una hacha bien afilada, de que cruzar ese río era lo correcto.
Lo cruzó.
La primera escaramuza ocurrió en las afueras del pueblo de Breva, un martes de enero que olía exactamente como habían olido todos los martes de su infancia en el norte: a pino, a escarcha, a fuego de leña. El destacamento Valtorre que guardaba el paso sur del Aldaverde tenía doscientos hombres y la ventaja de conocer el terreno. Marcos tenía la ventaja de no importarle el terreno tanto como le importaba el resultado. La batalla duró cuarenta minutos y produjo treinta y dos bajas Valtorre, nueve Solano, y el control del paso sur, que era lo que Marcos había venido a buscar. Su capitán Urdaz, hombre de pocas palabras y muchos inviernos en las guarniciones del norte, lo miró al terminar con la expresión que reservaba para las cosas que le sorprendían sin que quisiera admitirlo.
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