Chapter 1: The Hidalgo of Vega IV Who Read Himself Into Madness

En un rincón del Brazo de Orión cuyo nombre el narrador prefiere no recordar con precisión —pues Cide Hamete Berenjena, ese desdichado archivo de hojalata en quien recaen nuestras esperanzas narrativas, anota en su memoria principal tres topónimos distintos para el mismo planeta y no se aviene a explicar la discrepancia—, había no hace muchos años un hidalgo de los de linterna de plasma en astillero, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más legumbre que carne, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados —que en el dialecto de Vega IV significaban un guiso proteínico de origen dudoso—, lentejas hidropónicas los viernes, y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto la concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su velarte de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que lo mismo aparejaba el módulo de siembra que herraba el tractor. La edad de nuestro hidalgo frisaba con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijano de la Vega, aunque por otras conjeturas de su apellido dicen que se llamaba Quesada. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad, si es que Cide Hamete la conoce, lo cual el narrador pone en duda solemne desde este primer párrafo.

El mercado negro de datos operaba, aquella tarde, en el nivel subterráneo del Emporio Argamasilla, que era como llamaban los lugareños de Vega IV a la estación de transbordo donde confluían el polvo rojo de los campos de cereal transgénico, el olor a combustible de hidrógeno quemado, y tres generaciones de comerciantes que habían aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Alonso Quijano descendió los peldaños metálicos con el paso de quien ha decidido algo irreversible antes de terminar de decidirlo, y el ruido de sus botas sobre la plancha de durasteel resonó en el túnel con una solemnidad que ningún presente hubiera sabido justificar.

El data-fence se llamaba Ginés de Pasamonte y tenía el aspecto de un hombre que ha mentido tanto que ya ni él mismo sabe cuándo para. Estaba sentado detrás de un mostrador cubierto de componentes electrónicos en desorden aparente pero disposición funcional, y fumaba algo que olía a pino quemado mezclado con aceite de lubricación.

—Dicen que buscas material antiguo —dijo Ginés, sin levantar la vista del holopad donde revisaba un inventario.

—Dicen bien quienes lo dicen —respondió Alonso, y depositó sobre el mostrador un crédito-chip cuyo saldo representaba exactamente los ingresos de la última cosecha de soja hidropónica, que no había sido buena cosecha.

Ginés levantó entonces los ojos. Eran ojos de tasador, ojos que habían calculado el valor de demasiadas cosas robadas para sentir ya turbación ante ninguna. Miró el chip. Miró al hidalgo. Posó la mirada en el abrigo de Alonso, que era de paño fino pero con los codos gastados hasta la transparencia. Realizó en silencio una aritmética que no era de créditos sino de desesperación, y extrajo de debajo del mostrador un objeto del tamaño de un puño cerrado.

Era un holocrón.

O más exactamente —pues la precisión importa, aunque Cide Hamete la practique con selectividad irritante—, era lo que quedaba de un holocrón: un cristal tetraédrico de color ámbar oscuro con una fisura diagonal que cruzaba dos de sus caras, alojado en una carcasa de metal gris con grabados en una lengua que ningún traductor de mercado aceptaba ya como idioma vivo. En su interior dormitaba algo. La luz que emitía era tenue y antigua, como la luz de una estrella a la que llevan muertos miles de años y cuyo resplandor sigue viajando por inercia cósmica.

Alonso extendió la mano. La retiró. La extendió de nuevo.

—¿Es genuino? —preguntó, aunque la pregunta era, en rigor, para sí mismo.

—Es lo suficientemente genuino —dijo Ginés— para que quien lo vende quiera no saber a quién se lo vende.

Lo cual era, en la lógica del Emporio Argamasilla, una garantía tan sólida como cualquier otra.

Aquí el narrador se ve obligado a interrumpir el hilo del relato para aclarar su situación, que es delicada. La mayor parte de lo que sigue procede de las memorias digitales de Cide Hamete Berenjena, droid archivador de manufactura incierta y lealtades más inciertas aún, cuyos núcleos de memoria el narrador adquirió —según confiesa con vergüenza proporcional— en el mercado de piezas usadas de la Estación Alcaná de Toledo, pagando por ellos lo que un hombre paga cuando necesita desesperadamente que algo sea verdad. Cide Hamete afirma haber seguido a Don Quijano desde el principio mismo de sus aventuras, registrando cada acontecimiento en tiempo real a bordo de un dron-imprenta robado, y traduciendo sus crónicas del dialecto arcaico de la Fuerza, que es una lengua que ningún lingüista de la República ha podido verificar que exista. El narrador no puede garantizar nada de esto. Lo que sí puede garantizar es que no tiene otras fuentes, y que el universo merece saber de este hombre aunque la única evidencia disponible sea sospechosa, fragmentaria, y redactada en parte en verso cuando Cide Hamete entra en lo que sus sistemas llaman modo poético y sus críticos llaman fallo de procesamiento.

Prosigamos, pues, con la fe que prestan las historias que no pueden probarse del todo y sin embargo se niegan, con admirable terquedad, a no ser contadas.

Esa noche, Alonso Quijano no durmió.

Esto no era inusual. Llevaba meses sin dormir correctamente, alimentado por una dieta de holocrones y textos apócrifos que su sobrina Antonia le había suplicado que abandonara con una frecuencia que iba aumentando en urgencia conforme disminuía en efecto. El ama —que se llamaba Pedraza y tenía una opinión formada y no favorable sobre cada aspecto de la afición literaria de su señor— había quemado en dos ocasiones material de lectura seleccionado, acción que Alonso había recibido con la paciencia triste de quien sabe que las ideas que arden en el papel siguen ardiendo dentro de la cabeza.

Pero aquella noche era distinta. Aquella noche el holocrón de ámbar oscuro pulsaba sobre la mesa del estudio, y Alonso Quijano se había sentado frente a él con una taza de infusión de raíz de depa que fue enfriándose sin ser tocada, y lo que el cristal le mostraba —voces, imágenes, fragmentos de una filosofía de luz y sacrificio y orden que el universo había decidido olvidar hacía tres siglos— se le iba metiendo por los ojos como agua en tierra seca.

Los Caballeros de la Fuerza. El narrador anticipa que el lector habrá escuchado el nombre, aunque en la época presente de esta historia ya no existe ningún Caballero de la Fuerza vivo en ningún registro verificado. Eran —según los textos que Alonso había consumido con la devoción voraz de un converso— una orden de guerreros filósofos que juraban su vida al servicio de la paz galáctica, capaces de sentir el tejido invisible que conecta todos los seres vivos, a lo que llamaban la Fuerza, y de moverlo con la voluntad y la virtud. Habían guardado la República durante mil años. Habían sido traicionados, cazados, exterminados. De ellos no quedaba nada salvo estos cristales de ámbar, estas voces antiguas, estos textos en lengua muerta que el mercado negro vendía como reliquias y la República clasificaba como material subversivo de categoría tres, lo cual, siendo objetivos, era el mejor elogio posible.

Alonso había leído todo lo que podía leerse. Había visto todo lo que podía verse. Y en algún momento entre la segunda hora después de la medianoche y la tercera —Cide Hamete, consultado sobre la hora exacta, responde con un poema de cuatro estrofas sobre la naturaleza del tiempo que el narrador omite en su totalidad y con gratitud— algo en el interior de Alonso Quijano de la Vega se partió limpiamente en dos, como un cristal que ha esperado demasiado tiempo para romperse, y de la fractura emergió, perfectamente formado, irrevocable, alguien que no era Alonso.

Se levantó de la silla.

Cruzó el estudio hacia el rincón donde, colgada de un gancho oxidado, descansaba la linterna de plasma que había sido de su padre y antes del padre de su padre, modelo de manufactura ya descatalogada, con el depósito de energía agrietado y el foco quemado en su tercio inferior. La tomó con las dos manos. La sostuvo ante la débil luz del holocrón.

—Excálibur-7 —dijo, en voz baja, como quien da un nombre que el objeto ya sabía.

Después salió al patio trasero de la hacienda, donde bajo una lona de plástico desgastada dormía su nave de carga: una YT-freighter de cuarta generación con el casco remendado en cuatro lugares distintos con metal de composición distinta, los retroimpulsores asimétricos, la rampa de carga torcida desde que chocara con un muelle de atraque en el 47 ABY, y una cabina de pilotaje que olía a aceite y a años. La contempló un momento largo.

—Rocinela —dijo.

Era la mitad de la noche, y en Vega IV la mitad de la noche era silencio absoluto: el silencio de los campos de cereal extendidos hasta el horizonte, el silencio de las lunas menores —había tres, Cide Hamete cita dos, la cartografía oficial registra cuatro, el narrador adopta el número intermedio sin convicción—, el silencio de un planeta que lleva décadas existiendo sin que nadie en el resto de la galaxia recuerde que existe. En ese silencio, Alonso Quijano se convirtió, sin testigos ni ceremonias, en Don Quijano el Luminoso, Caballero de la Fuerza, el último y quizás el primero.

Faltaba una cosa.

Todo caballero requería una dama: no por ornamento ni por costumbre, sino porque la dama era el principio de la empresa, el norte sin el cual la brújula caballeresca giraba en el vacío. Así lo habían enseñado los holocrones, así lo ratificaban las crónicas apócrifas de las guerras de la antigua República, así lo confirmaban las baladas que Alonso había memorizado en los años en que aún dormía.

Y la dama existía, porque toda dama existe si la fe es suficientemente firme.

Tres años atrás, en la feria comercial de Argamasilla —un evento de modestas proporciones donde los agricultores de Vega IV intercambiaban semillas, piezas de repuesto y rumores sobre la política de precios de la Federación de Comercio—, Alonso Quijano había necesitado reparar el lector de holofilm de su módulo de entretenimiento personal, aparato ya antiguo pero al que tenía afecto irracional. Una mujer de la estación Toboso IV, que estaba allí por razones de trabajo relacionadas con el transporte de carga, le había ayudado a encontrar al técnico correcto. Era de complexión directa y mirada sin rodeos, con manos de alguien que carga cosas de verdad y una forma de hablar que no gastaba palabras donde no hacían falta. Le había dicho exactamente adónde ir, cómo llegar, y cuánto costar debería, y cuando Alonso le preguntó su nombre, respondió: Aldonza. Aldonza Lorenzo. Y volvió a su trabajo.

Alonso lo había pensado en pocas ocasiones desde entonces. Don Quijano lo pensó ahora y lo transformó, con la alquimia que solo practica la fe sin mezcla de duda, en algo enteramente distinto.

—Dulcinea —murmuró el caballero recién nacido, de pie en el patio de una hacienda en quiebra, bajo tres lunas de un planeta que nadie recordaba—. Lady Dulcinea del Toboso IV. La sin par. La luminosa entre las luminosas. La señora de mis pensamientos y el horizonte de mis empresas.

Cide Hamete Berenjena, cuyos registros de aquella noche son de una particularidad perturbadora —incluye la temperatura exacta del patio, diecisiete grados y cuatro décimas, pero omite si Don Quijano estaba llorando o no, lo cual el narrador considera una inversión de prioridades de proporciones escandalosas—, anota a continuación que el caballero estuvo así inmóvil durante un tiempo que sus sensores de medición temporal registraron como once minutos y que su módulo poético insiste en llamar una eternidad, que es una unidad de tiempo que no aparece en ningún sistema de medición estándar de la República y sin embargo el narrador comprende perfectamente.

Cuando Antonia lo encontró al amanecer, la hacienda estaba vacía.

La sobrina de Don Quijano —que era una muchacha de temperamento sensato, educada en la escuela agronómica de la provincia para administrar tierras que cada vez había menos manera de administrar— vio primero que la lona había sido retirada de la Rocinela. Vio después que la rampa de carga estaba bajada y había sido subida. Vio finalmente, en la mesa del estudio, la taza de infusión sin beber, el holocrón de ámbar que ya no pulsaba —vacío, como si alguien o algo hubiera extraído todo lo que contenía—, y una nota escrita en el estilo que su tío empleaba en sus momentos más alarmantemente formales, con caligrafía de la buena y sintaxis del siglo anterior.

La nota decía, en su parte sustancial, que él se iba a recorrer la galaxia en busca del agravio que enderezar y la injusticia que reparar y el honor que restaurar, que esto era la vocación para la que el universo le había preparado sin que él lo supiera, que el ama debería encontrar al mozo de campo en el módulo de almacenamiento del sector este con instrucciones sobre el calendario de riego que esperaba resultaran suficientes, que en el cajón de la derecha del escritorio había un crédito-chip con lo que quedaba de la cosecha que era para la sobrina, y que no se preocuparan por él porque llevaba consigo la protección de la Fuerza y la certeza de que la causa era justa.

Había añadido al pie, en letra más pequeña y con una presión del estilete que sugería algo entre la emoción y la prisa: Me llamo Don Quijano el Luminoso y el universo me necesita. Que la Fuerza os acompañe.

Antonia leyó la nota dos veces. Después se sentó en la silla del estudio, donde las últimas horas de su tío habían dejado el calor residual que dejan los grandes giros irreversibles de las vidas, y estuvo sentada sin decir nada durante el tiempo que estuvo sentada sin decir nada.

El ama Pedraza, que había llegado atraída por el silencio —pues hay silencios que suenan más que el ruido—, leyó la nota por encima del hombro de Antonia y después dijo, con la economía expresiva que dan décadas de haber visto venir las catástrofes sin poder evitarlas: Que me truene el reactor si este hombre no se rompe la crisma antes de llegar al cinturón de asteroides.

En el espacio exterior a Vega IV, la Rocinela había entrado ya en la cola de navegación hiperespacial. Dentro, Don Quijano el Luminoso estaba sentado en la silla del piloto —que era de plástico duro con el relleno escapado por una costura hacía tiempo rota— con Excálibur-7 apoyada contra su rodilla y los ojos fijos en el rectángulo de estrellas que el visor sucio de la cabina le mostraba. Tecleó las coordenadas del primer salto con dedos que no temblaban, que es el tipo de certeza que solo dan la locura perfecta y la fe perfecta, y el narrador, consultando con humildad las notas de Cide Hamete, no encuentra manera de distinguir entre ambas.

Las estrellas se estiraron en líneas blancas. La Rocinela saltó.

Comenzaba así, de la manera más inesperadamente natural del mundo, la historia del ingenioso hidalgo Don Quijano el Luminoso de la Vega, la cual es verdadera en todas sus partes, aunque sus fuentes sean una sola, y esa fuente sea un droid de quien nadie puede fiarse, y ese droid sea, quizás, lo único que queda de un hombre que se atrevió a creer en algo que el universo entero había decidido que ya no merecía creer. Lo cual no es la peor manera de empezar una historia. Ni, el narrador sospecha, la peor manera de terminarla.

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Chapter 1: The Hidalgo of Vega IV Who Read Himself Into Madness — El Ingenioso Hidalgo Don Quijano de la Galaxia | GenNovel