
En los confines olvidados del Brazo de Orión, vive Alonso Quijano de la Vega, un empobrecido hidalgo de planeta agrícola que ha consumido su hacienda y su cordura leyendo viejos holocrones y manuscritos sobre los Caballeros de la Fuerza, orden extinta hace tres siglos. Convencido de que el universo clama por un nuevo paladín galáctico, se bautiza a sí mismo como Don Quijano el Luminoso, viste una armadura de desguace con una linterna de plasma oxidada por espada, y llama a su destartalada nave de carga —la Rocinela— su corcel estelar. Acompañado de Sancho Pargo, granjero barrigón y práctico que acepta seguirle prometiéndole el gobierno de una luna, Don Quijano surca la galaxia interpretando estaciones espaciales como fortalezas de villanos, drones mercantiles como gigantes malignos del lado oscuro, y senadores corruptos como encantadores que pervierten la Fuerza. En su peregrinaje, descubre que la República Galáctica agoniza: el Canciller Valorum es títere de intereses comerciales, la Federación de Comercio estrangula planetas enteros, y una sombra innombrable mueve los hilos desde la oscuridad. Nadie le toma en serio... salvo que sus disparatadas intervenciones comienzan, por extraño azar o por genuina sabiduría disfrazada de locura, a desbaratar los planes del Lord Oscuro. La novela explora si la fe ciega en ideales muertos puede, paradójicamente, resucitarlos; si la cordura de los cuerdos no es acaso la mayor de las locuras; y si un hombre que cree con todo su ser en algo imposible no resulta, al final, más poderoso que una galaxia entera que ha dejado de creer en cualquier cosa.
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