La Cantina del Paso de Andarta era, por su naturaleza y vocación, el tipo de establecimiento que existe en todos los sistemas habitados con el único propósito de ser olvidado. Construida sobre los restos de una estación de rebastecimiento que había caducado junto con la ruta comercial que la justificaba, llevaba tres décadas funcionando gracias a la virtud silenciosa de encontrarse exactamente a medio camino entre ninguna parte y ninguna otra parte: un limbo orbital que la Federación de Comercio usaba como punto de transbordo porque ningún inspector del Senado tenía razones suficientes para molestarse en llegar hasta allí, y que los inspectores del Senado usaban como argumento para justificar que no tenían recursos suficientes para molestarse en llegar hasta allí. Era, en suma, el tipo de lugar que prospera precisamente porque nadie con poder quiere saber nada de él.
La senadora Dorotea Micomicona llevaba cuatro horas instalada en el reservado más oscuro del fondo, bebiendo algo que el establecimiento denominaba con patética esperanza «vino de Alderaan» y que sabía a sellador de juntas con aspiraciones, y revisando por decimotercera vez el plan que había tardado once semanas en construir.
Era un buen plan.
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