Aldric Vennara entró a Valdecruces un martes que olía a cera de vela y a mentira bien ensayada.
Lo primero que notó fueron los estandartes: tela negra colgada de cada balcón con una prolijidad tan uniforme que solo podía ser obra de un chambelán metódico y de muchas horas de trabajo previo. Nadie cuelga el luto con tanta simetría a menos que lleve semanas esperando la ocasión. Las calles estaban flanqueadas de ciudadanos que sostenían flores marchitas —no recién cortadas, sino marchitas, en ese punto exacto de la podredumbre que resulta más dramático que la frescura y menos comprometedor que la descomposición total— y que guardaban silencio con la particular disciplina de quienes han sido instruidos en qué clase de silencio se espera de ellos. Un niño, en la esquina de lo que Aldric supuso era la calle del mercado de telas, comía una naranja con manifiesto deleite y su madre le pellizcó el brazo para recordarle dónde estaba. El niño escondió la naranja dentro del manto pero no dejó de masticar.
Aldric observó todo esto desde su caballo con la misma expresión que había heredado de su padre y que su padre había heredado del suyo: una atención quieta, sin juicio apresurado, como si el mundo fuera un texto que merecía leerse completo antes de ser anotado. El frío del norte seguía en sus huesos aunque llevaba cuatro días cabalgando hacia el sur. Esa clase de frío no abandona el cuerpo: se instala en el tejido de los años y permanece como una segunda naturaleza, una segunda piel que los hombres del sur siempre leyeron en él como distancia y que era, en realidad, simplemente otro modo de estar muy presente.
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