El Trono de Ceniza olía a azufre a medianoche con una intensidad que no tenía durante el día, como si la oscuridad le devolviera a los huesos que lo componían alguna memoria química de lo que habían sido antes de convertirse en mobiliario. Aldric lo descubrió porque no podía dormir, y cuando un hombre del norte no puede dormir en tierra extraña camina, porque el frío le enseña a sus hijos desde pequeños que quedarse quieto en el frío es morir y que el movimiento es la única teología disponible.
Llevaba tres horas despierto cuando los pies lo condujeron, sin que él les hubiera dado instrucciones específicas, hacia la Sala del Trono.
Las antorchas del corredor ardían a media potencia, como si también ellas supieran que era hora de economizar. Los tapices de Valdecruces —siete paneles, una casa por panel, tejidos con hilos que costaban más que los hombres que los transportaban— colgaban inmóviles en el aire sin corriente. Aldric pasó junto al espejo donde había visto a Rodrigo por primera vez esa tarde, pero el espejo estaba oscuro y vacío y frío como cualquier espejo corriente, y él no se detuvo a interrogarlo.
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