La noche antes de llegar, el tatuaje comenzó a arder.
No era la primera vez que el texto muerto le quemaba la espalda —llevaba trece años aprendiendo a dormir sobre ese fuego— pero esta vez la escritura parecía haber encontrado oxígeno nuevo, como una brasa que alguien hubiera soplado desde abajo, y Serafina Ignara se incorporó en su catre de madera con la respiración cortada y los omóplatos latiendo con el calor específico de algo que se anuncia. Las tres serpientes que dormían enrolladas contra su costado derecho se despertaron al mismo tiempo, porque el ritmo de su corazón había cambiado y para ellas el corazón de Serafina era el único horizonte que reconocían.
El barco se llamaba El Umbral Delgado y había sido construido para transportar especias, no profecías. Sus costillas de madera absorbida por la sal crujían con cada ola del mar de obsidiana, ese mar que los cartógrafos del norte dibujaban de negro no por ignorancia sino porque el agua allí tenía un color que se resistía a ser nombrado de otro modo: oscuro sin ser oscuro, reflectante sin reflejar nada que uno quisiera ver con claridad. Serafina lo había cruzado dos veces en su vida. La primera, cuando tenía dieciséis años y llevaba tres huevos envueltos en lino contra el pecho, huyendo de una capital que ardía. La segunda, ahora, con los mismos tres cuerpos junto a ella, pero crecidos, alados, con escamas que habían pasado en catorce años del color del marfil al color del bronce encendido.
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