La noche en que Cassian Vennara clavó el pendón de su casa en la cima del paso de Greyvorn, la nieve cayó en diagonal durante cuatro horas con la insistencia de algo que lleva mucho tiempo esperando ser escuchado. Los hombres que lo rodeaban, cuarenta y tres en ese primer momento, observaron cómo la tela azul y plata de los Vennara se extendía contra el viento con la rigidez de un argumento que no admite réplica, y ninguno de ellos habló porque había algo en la postura de Cassian, en la manera en que plantó el asta con las dos manos como quien entierra un muerto o funda una ciudad, que hacía del silencio la única respuesta adecuada.
Había salido de la fortaleza tres días después de que su padre partiera hacia el sur. No con rabia, sino con la determinación fría que se instala en los huesos cuando la rabia ha quemado todo lo que tenía disponible para consumir y descubre, en las cenizas, algo más durable debajo.
Brennan Vennara, el fantasma de su abuelo, había estado presente cuando Cassian ató su caballo en el patio cubierto de hielo y ordenó a los sirvientes que abrieran el armero. No dijo nada mientras Cassian elegía las armas. Esperó hasta que el joven estuvo a punto de montar para pronunciar, con la voz que tenía en vida y que la muerte había vuelto más precisa, como metal sometido a temperaturas extremas: —Has elegido el camino más costoso.
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