El paquete llegó un martes, que es el día de la semana menos dado a la sorpresa y por tanto el más adecuado para recibirla.
Aurelio Voss estaba midiendo, con el compás de punta seca que había heredado de su maestro en la Facultad de Arquitectura, el radio exacto de una cúpula imposible que un cliente anónimo le había encargado trazar para un edificio que no se construiría en ninguna ciudad verificable. Era su trabajo habitual. Se especializaba en geometrías inhabitables: estructuras que desafiaban las leyes euclidianas con la tranquilidad de quien desafía un reglamento menor de tráfico, y que sus clientes —una categoría de personas que Voss nunca había llegado a definir con satisfacción— requerían con una urgencia que nunca explicaban y pagaban con una generosidad que nunca justificaban. Su oficina en el tercer piso de un edificio de la calle Esmeralda olía a papel heliográfico y a café frío, y sus paredes estaban cubiertas de planos que cualquier arquitecto convencional habría diagnosticado como síntomas de enfermedad mental antes que como obras de arte técnico.
El mensajero llamó dos veces antes de abrir la puerta, lo cual ya constituía una anomalía, pues los mensajeros comunes llamaban una sola vez o directamente no llamaban.
—Un envío del estudio de sucesiones Aldecoa y Ferreira —dijo el hombre, extendiendo un paquete rectangular envuelto en papel marrón sellado con lacre negro, como si la costumbre de comunicarse a través de objetos físicos se hubiera detenido en algún año preciso del siglo anterior y nadie hubiera tenido el tacto de notificárselo al remitente.
Voss firmó el recibo sin alzar completamente la vista del plano que estaba trazando, depositó el paquete sobre la única superficie horizontal de su escritorio que no estaba ocupada por instrumentos de medición, y tardó veintidós minutos en terminar el radio de la cúpula antes de cortar el cordel con un bisturí de precisión.
Dentro había dos objetos y una nota.
La nota, mecanografiada en papel de hilo con membrete del estudio de sucesiones, informaba con la economía verbal propia de los abogados que hacen el trabajo que deben hacer y prefieren no saber por qué, que el firmante —un tal Aldecoa, cuya firma era un garabato de ambición geométrica frustrada— había sido instruido por las disposiciones testamentarias de un patrimonio anónimo para remitir a Aurelio Voss, arquitecto, los documentos adjuntos, a saber: un compendio cartográfico y un tratado en lengua persa con traducción manuscrita al español. Ni el nombre del difunto ni la razón de esta designación figuraban en ninguna parte del documento. Voss leyó la nota dos veces, la dobló con precisión a lo largo de sus líneas preexistentes y la archivó bajo la letra P, de procedencia indeterminada.
El primer objeto era un atlas de dimensiones modestas, encuadernado en cuero marrón oscuro cuya textura, al tacto, producía la extraña impresión de algo que había sido curtido con demasiada meticulosidad, como si el artesano hubiera querido preservar no sólo el material sino una intención. Las páginas eran de un papel levemente amarillento que olía a polvo de archivo y a algo más difícil de catalogar, algo parecido al ozono que precede a las tormentas en ciudades costeras, aunque Buenos Aires no es técnicamente una ciudad costera en el sentido en que lo son las ciudades que el olor evoca. En la portada interior, con tinta que había sido negra y con el tiempo había tomado el color de las hojas de tabaco, figuraba un nombre: Kourosh Mazandarani. Debajo, en una caligrafía distinta y más reciente, alguien había anotado en español: Cartógrafo. Teherán, 1887 — Buenos Aires, 1931.
Voss abrió el atlas por el primer mapa y se quedó inmóvil durante un tiempo que su reloj de pulsera registró como cuatro minutos y que su conciencia registró como un intervalo más difícil de medir.
El mapa no representaba ningún territorio. O más precisamente: representaba un territorio que no correspondía a ninguna geografía verificable, pero que estaba trazado con la precisión técnica de quien ha medido personalmente cada kilómetro de terreno, ha tomado cotas de elevación con instrumentos de calidad, ha consultado fuentes documentadas. Las líneas de nivel eran perfectas. Las escalas estaban indicadas con rigor. Las leyendas estaban redactadas en cuatro idiomas, dos de los cuales Voss reconoció como árabe y español, y dos de los cuales no reconoció como ninguna escritura que hubiera visto antes. El territorio representado era una ciudad o el recuerdo de una ciudad o la anticipación arquitectónica de una ciudad que aún no había sido construida, con calles que se doblaban sobre sí mismas con la naturalidad con que un río se dobla sobre su propio lecho, y edificios cuyas plantas indicaban interiores imposibles: habitaciones más grandes que el perímetro exterior de los edificios que las contenían, escaleras que ascendían y descendían hacia el mismo punto cardinal, corredores que según la geometría del plano debían intersectarse y según la leyenda nunca lo hacían.
Era el mejor mapa que Voss había visto en su vida. Era también, por cualquier criterio científico que él pudiera aplicar, un mapa de algo que no existía.
Pasó al segundo mapa, al tercero, al cuarto. Cada uno representaba una variación del mismo territorio o de territorios relacionados por una lógica que Voss comenzaba a intuir sin poder todavía formular: la lógica de los espacios que son verdaderos según sus propias leyes internas, del mismo modo que una demostración matemática puede ser perfectamente válida dentro de un sistema axiomático sin corresponder a ninguna realidad exterior a ese sistema. Al llegar al séptimo mapa, que representaba lo que la leyenda llamaba, en español, la topografía de la recurrencia, Voss tuvo la incómoda sensación de reconocer la disposición de ciertas intersecciones. No como quien reconoce un lugar que ha visitado, sino como quien reconoce la solución a un problema que no recuerda haber planteado.
Dejó el atlas sobre el escritorio con la cuidadosa delicadeza con que se deja un instrumento frágil, y tomó el segundo objeto.
Era un cuaderno de tamaño carta, cosido a mano con hilo de lino, que contenía en sus primeras páginas texto en caracteres persas escritos con una letra pequeña y regular que sugería décadas de práctica caligráfica, y en las páginas siguientes una traducción al español en una caligrafía completamente diferente, angulosa y veloz, como si el traductor hubiera estado escribiendo con la urgencia de alguien que copia antes de que la luz se vaya. En la página de título de la traducción, debajo de un título en persa que Voss no podía leer, figuraban estas palabras: Del tratado sobre el sueño único y eterno. Traducción del persa. Buenos Aires, 1931.
Leyó el primer párrafo de la traducción, luego el segundo, luego el tercero, con la atención sistemática y sin entusiasmo visible que aplicaba a todos los textos técnicos, y con la misma atención llegó al final de la primera página y comenzó la segunda sin advertir que había cruzado alguna frontera.
El argumento del tratado era el siguiente: todo sueño humano documentado a lo largo de la historia registrada, y con mayor certeza todo sueño no documentado, constituye un fragmento de un único sueño eterno soñado por una entidad sin nombre ni atributos verificables, de la misma manera que la ola individual no es un objeto sino una perturbación temporal en la superficie de un volumen de agua que continúa antes y después de la ola sin modificarse esencialmente. La conciencia onírica individual, argumentaba Mazandarani con la seguridad de alguien que cita bibliografía que no necesita mostrar, es el patrón de interferencia producido cuando el sueño primordial pasa a través de un sistema nervioso particular, exactamente como la luz blanca produce colores al atravesar un prisma sin que ninguno de esos colores sea propiedad del prisma. Los diecisiete mapas del compendio, continuaba el texto, representaban las topografías recurrentes identificadas en las tradiciones oníricas de diecisiete culturas a lo largo de cuatro siglos, y su coincidencia estructural, que el lector podría verificar por sí mismo superponiendo las transparencias adjuntas —no había ninguna transparencia adjunta—, constituía prueba geométrica, no metafórica, de que todos esos soñadores habían habitado repetidamente el mismo espacio.
Voss llegó al cuarto diagrama del tratado, que demostraba mediante trigonometría esférica que las coordenadas del sueño primordial eran teóricamente accesibles desde cualquier punto de sueño suficientemente profundo, siempre que el soñador contara con cartografía adecuada.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
El hombre que entró tenía el tipo de presencia que produce trajes bien cortados en personas que los usan desde hace tanto tiempo que el traje y el cuerpo han llegado a un acuerdo formal. Era de mediana edad en el sentido más abstracto del término, es decir que podría haber tenido cuarenta años o podría haber tenido sesenta y cuatro, y la diferencia no parecía información que él estuviera dispuesto a proporcionar voluntariamente. Llevaba un maletín de cuero oscuro cuyo cierre, Voss lo notó con el ojo profesional que registra la calidad de los materiales antes que la intención de las personas, era de una aleación que no había visto antes. Cuando habló, lo hizo en el español de alguien que lo ha aprendido como se aprende geometría: con comprensión perfecta y sin acento afectivo.
—El señor Voss —dijo, sin inflexión interrogativa, como si estuviera verificando un dato conocido más que formulando una pregunta. Luego extrajo del maletín una carpeta y la depositó sobre el escritorio con la precisión de quien coloca una pieza en su casilla exacta de un tablero de ajedrez—. Tengo el honor de representar a una corporación cuyos intereses en este asunto son, espero que lo comprobará, compatibles con los suyos.
—No conozco mis intereses en este asunto —dijo Voss, que había cerrado el tratado pero mantenía el índice entre las páginas, como quien guarda el lugar en un texto al que tiene intención de volver—. Acabo de recibir estos materiales.
—Lo sé —dijo el hombre—. Los envié yo.
Hubo un silencio breve. Voss lo empleó en observar al visitante con la misma neutralidad sistemática con que había observado el atlas: tomando nota de los ángulos, evaluando las proporciones, buscando las inconsistencias estructurales que toda superficie revela a quien sabe mirarla sin expectativas.
—El estudio de sucesiones —dijo Voss.
—Es un instrumento conveniente —respondió el hombre—. Mi nombre es, en este contexto, Lacroze. —Lo dijo con la suave imprecisión de quien menciona un nombre que es verdadero en la misma medida en que cualquier nombre es verdadero, es decir, en la medida exacta en que resulta funcional—. Represento a una corporación que tiene interés en las competencias específicas que usted ha desarrollado a lo largo de una carrera cuya descripción correcta es, si me permite la observación, extraordinaria.
Voss no respondió. Era una de sus habilidades más eficaces: el silencio como instrumento de precisión.
Lacroze abrió la carpeta. Los documentos que contenía estaban impresos en papel de alta gramaje y redactados en el lenguaje contractual que sólo quienes han firmado muchos contratos pueden leer sin que les produzca somnolencia. Voss los leyó de pie, de pie porque en su oficina no había más que una silla y él la reservaba para el trabajo, con la misma velocidad con que leía cualquier texto técnico y con una atención que se incrementaba discretamente cada vez que encontraba una formulación inusual.
La corporación, según el contrato, requería que Voss aplicara sus competencias en arquitectura de espacios no convencionales a una tarea que el documento describía como penetración estructural de un entorno mnémico de múltiples niveles. El entorno en cuestión pertenecía a un individuo llamado Heinrich Berrendt, cuya situación médica el contrato mencionaba con la austeridad eufemística de quien prefiere no detenerse en los detalles. Los honorarios eran, numericamente, una cifra que Voss copió en su cuaderno profesional y luego consultó mentalmente contra sus conocimientos de los sistemas monetarios vigentes sin obtener ninguna correspondencia satisfactoria. La divisa en que estaban denominados se llamaba, según el contrato, corona de tránsito, y el documento citaba al pie una institución emisora cuyo nombre Voss anotó para verificación posterior.
La dirección legal de la corporación era un edificio en la calle Florida 847. Voss la anotó también.
—¿Tiene alguna pregunta —dijo Lacroze— que se pueda responder?
La formulación era lo suficientemente precisa para ser notada. Voss la notó.
—¿Qué relación tiene esta comisión con los materiales del cartógrafo? —preguntó.
—El señor Mazandarani —dijo Lacroze, con el tono de quien cita a un colega de trabajo cuya muerte lamenta sin dramatismo— documentó las propiedades topológicas del entorno que usted deberá navegar. Sus mapas son, en efecto, el instrumento cartográfico más preciso disponible para la tarea. El tratado adjunto provee el marco teórico.
—El tratado afirma que todos los sueños humanos son manifestaciones de un único sueño eterno.
—Sí.
—Y usted requiere que yo localice las coordenadas de ese sueño en la memoria de un hombre moribundo.
—En términos aproximados, sí.
Voss miró el contrato durante tres segundos. Luego miró la página abierta del tratado. Luego miró a Lacroze con la expresión de alguien que está catalogando datos, no evaluando posibilidades.
—La dirección de su corporación —dijo— corresponde a un edificio que según el catastro municipal fue demolido en 1943.
—En efecto —dijo Lacroze, sin modificar en nada el ángulo de su postura.
Voss tomó la pluma estilográfica que usaba exclusivamente para firmar documentos profesionales, la que tenía la punta de oro que le había costado un mes de honorarios y que empleaba con la ceremonia de quien sabe que ciertos actos merecen sus propios instrumentos, y firmó el contrato en los dos folios que requerían firma. Lo hizo sin apresuramiento y sin lo que en otra persona habría podido llamarse duda.
Lacroze recogió su copia, cerró el maletín con el clic preciso de quien cierra una conversación que ha concluido en el punto exacto en que debía concluir, y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo un instante con la mano en el marco, en el gesto de quien recuerda algo que no había olvidado.
—El señor Mazandarani —dijo— era de la opinión que las anomalías no se investigan sino que se habitan. Quizás encontrará esa observación útil en el trabajo de campo.
Cerró la puerta con la suavidad específica de quien tiene práctica en salir de habitaciones sin dejar memoria de haber estado en ellas.
Voss permaneció inmóvil durante exactamente el tiempo necesario para que los pasos en el corredor dejaran de escucharse. Luego abrió su cuaderno profesional en la página de registro de anomalías, que era la sección más voluminosa del cuaderno, lo cual decía algo sobre la naturaleza de su trabajo, y procedió a documentar los elementos del encuentro que no encontraban explicación en ningún marco verificable: la dirección inexistente, la divisa sin registro de emisión, el modo en que Lacroze había llegado a la oficina antes de que Voss hubiera terminado de leer los materiales que supuestamente había enviado él mismo. Los catalogó en orden alfabético con la serenidad de un naturalista que clasifica especímenes nuevos, sin asombro, sin alarma, con la concentración específica de quien sabe que el asombro y la alarma son lujos cognitivos que se pagan con precisión perdida.
Bajo la letra A, para anomalía, escribió:
Corona de tránsito. Sin registro en Banco Central ni en ninguna fuente consultada. Fecha de emisión: desconocida. Institución emisora: desconocida. Valor de cambio: no determinado. Nota: el pago ha sido efectuado. El pago ha sido recibido. Estas dos circunstancias son verificables con independencia de las anteriores.
Luego abrió nuevamente el tratado de Mazandarani por la página donde había dejado el índice, y continuó leyendo.
El quinto diagrama representaba, mediante una construcción geométrica que utilizaba seis axiomas propios enumerados al margen en la letra pequeña y regular del persa original, la relación entre la profundidad de un sueño y la distancia a las coordenadas primordiales. La función resultante era asintótica: cada nivel adicional de profundidad reducía la distancia a la mitad sin anularla jamás, en el mismo sentido en que Aquiles se aproxima a la tortuga en la paradoja de Zenón sin alcanzarla nunca dentro del modelo que la genera. Al pie del diagrama, el traductor anónimo había añadido en su letra angulosa y veloz una nota que no figuraba en el texto persa: Esta es la solución propuesta. No es la solución. La solución es el soñador.
Voss leyó la nota. Anotó en su cuaderno: Véase correspondencia con los teoremas 3 y 7 del compendio cartográfico. Luego archivó la observación bajo la misma letra A, para anomalía, y añadió a continuación una segunda entrada:
Nota del traductor anónimo. Posiblemente apócrifa. Posiblemente relevante. El orden de probabilidad entre estas dos categorías no está aún determinado.
Afuera, sobre la calle Esmeralda, la tarde de Buenos Aires procedía con la indiferencia específica de las tardes de martes, que ignoran con igual ecuanimidad las cosas importantes y las que no lo son. Un tranvía pasó en dirección al río. Un perro cruzó la calle en diagonal, con el propósito abstracto de los perros que van a ninguna parte particular. Alguien tocó una bocina en la distancia, y el sonido llegó a la ventana de Voss con el retardo exacto que dicta la velocidad del sonido en un aire con la temperatura que tenía esa tarde, que era, según el termómetro que Voss mantenía en el alféizar por motivos que nunca había necesitado justificar, dieciséis grados centígrados.
Voss no miró por la ventana. Estaba midiendo, con el compás de punta seca, las dimensiones del primer mapa del compendio, y calculando en qué escala tendría que reducirlo para que cupiera en el plano de trabajo que ya estaba preparando para la tarea. Era un trabajo de precisión. Requería atención.
Lo hizo con la misma meticulosidad con que habría emprendido cualquier otro proyecto, sin detenerse en la naturaleza de lo que estaba construyendo, del mismo modo en que un zapatero de excelencia no medita sobre la filosofía del caminar mientras toma la medida del pie.
Fuera de su campo de visión, sobre la esquina del escritorio donde lo había dejado, el atlas de Mazandarani permanecía abierto en el séptimo mapa, el de la topografía de la recurrencia, y las líneas de nivel del territorio imposible que representaba, bajo la luz oblicua de la tarde que entraba por la ventana, producían la sombra inequívoca de un laberinto cuya planta Voss habría reconocido de inmediato si hubiera estado mirando.
No estaba mirando. Estaba trabajando.
Era lo mismo.