
En una ciudad que podría ser Buenos Aires o podría ser el reverso de algún mapa olvidado, un arquitecto llamado Aurelio Voss descubre, entre los papeles de un difunto cartógrafo persa, un tratado que afirma que todos los sueños humanos son fragmentos de un sueño único y eterno soñado por una entidad sin nombre. Voss es contratado por una corporación sin rostro visible para penetrar en el sueño de un magnate moribundo y extraer de su memoria más profunda las coordenadas de ese sueño primordial. Para lograrlo, Voss debe construir arquitecturas oníricas que contengan sueños dentro de sueños: laberintos que se repiten como espejos enfrentados, ciudades plegadas sobre sí mismas, bibliotecas donde cada libro es el mismo libro escrito en alfabetos sucesivos. Con cada nivel que desciende, Voss pierde la certeza de cuál memoria le pertenece. Encuentra, en el tercer nivel del sueño, a una mujer que afirma ser su esposa muerta, aunque Voss no recuerda haberla amado ni haberla perdido. En el cuarto nivel, todo límite entre constructor y construcción se disuelve: Voss comprende que él mismo fue soñado por el cartógrafo persa, y que la corporación que lo contrató no existe en ningún plano verificable. El tratado tenía razón: hay un solo sueño, y Voss es apenas una de sus figuras temporales. La novela concluye con Voss intentando despertar y descubriendo que despertar es únicamente ingresar a un sueño más convincente, donde alguien, en algún lugar, lo sueña con perfecta e indiferente exactitud.
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