El segundo nivel se materializó sin transición perceptible, lo cual era, en términos técnicos, la única anomalía que Voss registró en el momento de la llegada. En los veintitrés encargos anteriores —inmersiones en la consciencia de pacientes comatosos, de sonámbulos crónicos, de ciertos místicos que la Corporación designaba con el eufemismo administrativo de consultores espirituales— siempre había existido un umbral: una sensación de resistencia, un instante de opacidad, algo que se parecía funcionalmente a cruzar una puerta aunque ninguna puerta fuera visible. Esta vez no. El primer nivel —los túneles de Berrendt, con sus intersecciones no euclidianas y aquella puerta terminal que llevaba el membrete de su firma con una fecha imposible— cedió el lugar al segundo con la misma facilidad con que una página se convierte en la página siguiente, sin que el lector pueda señalar el instante preciso en que la primera dejó de existir.
La biblioteca tenía dimensiones que Voss registró en su cuaderno antes de examinar su contenido: catorce metros de ancho, veintidós de largo, techos a una altura que sus instrumentos calcularon en nueve metros con cuatro centímetros. Los estantes alcanzaban el techo sin interrupción excepto donde dos ventanas —cuyos contramarcos Voss identificó como de manufactura vienesa, de los últimos años del siglo anterior— proyectaban una luz de tarde que no correspondía a ninguna hora verificable. El suelo era de madera oscura con juntas de un milímetro, detalle que Voss anotó porque sugería un cuidado de ejecución incompatible con la categoría de sueño. Los sueños, en su experiencia documentada, exhibían o bien una exactitud excesiva que delataba la ansiedad del durmiente o bien una vaguedad estructural que delataba la ausencia de ansiedad; nunca este tipo de artesanía indiferente, que era la marca de los edificios que no se construyen para impresionar sino simplemente para durar.
Había dieciséis sillas y una mesa. Sobre la mesa, un vaso de agua que no había estado allí cuando Voss llegó o que él no había visto llegar, lo cual era técnicamente la misma cosa.
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