Voss había dado cuatro pasos al otro lado de la abertura cuando el suelo se movió.
No fue un temblor sísmico, no era esa clase de movimiento. Fue más bien la corrección imperceptible que hace una estructura cuando se le retira un puntual de carga: una redistribución de tensiones que el edificio absorbe antes de que el ojo pueda registrarla, pero que los pies detectan como una fracción de segundo de duda en la materia. Voss lo conocía bien. Lo había sentido en obras a medio terminar, en estructuras cuya planta no cuadraba con el terreno. Lo había documentado, en su decimocuarto encargo, cuando un arquitecto de inmersión anterior había retirado un elemento simbólico del segundo nivel del sueño de una mujer con agnosia y todo el sistema había tardado siete minutos en reconfigurarse. El movimiento duró menos de un segundo. Después la ciudad, o lo que usaba la ciudad como material estructural, se quedó quieta.
Voss no giró de inmediato. Primero escuchó. Luego anotó en el cuaderno: 10:14 (hora subjetiva de inmersión), oscilación estructural de duración menor a un segundo, punto de origen indeterminado pero coherente con fenómeno de carga redistribuida. Etiología: pendiente. Después giró.
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