El Emisario llegó a la mañana siguiente, antes de que Voss hubiera encendido la primera lámpara del día.
Esto no era, en sentido estricto, un acontecimiento extraordinario. Voss trabajaba desde el amanecer y recibía visitas sin previo aviso con la misma ecuanimidad con que recibía los paquetes testamentarios: catalogándolas, asignándoles una carpeta provisional, esperando que el tiempo les aclarara la naturaleza. Lo que sí resultaba notable, aunque Voss tardó varios minutos en registrarlo como tal, era que el hombre había entrado por la puerta principal sin llamar, sin que hubiera ningún sonido de pasos en la escalera que antecediera su aparición, y sin que la cerradura —una Chubb de doble cilindro que Voss revisaba cada noche por motivos que tampoco había necesitado justificar— mostrara señal alguna de haber sido operada desde afuera.
Era un hombre de mediana estatura, impecablemente trajeado en un gris que no correspondía exactamente a ningún gris que Voss pudiera localizar en su paleta de materiales de construcción. Llevaba un maletín de cuero que descansó sobre la silla destinada a los clientes con la naturalidad de quien devuelve un objeto a su sitio habitual. Se presentó con un apellido que Voss anotó en su cuaderno profesional y que, al releerlo tres horas después, descubrió que no recordaba haber escrito: las letras eran legibles, la caligrafía inequívocamente suya, pero el nombre no correspondía a ninguna fonética que pudiera reproducir con certeza.
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