El ascenso terminó de la única manera en que terminan las cosas que no tienen principio verificable: sin aviso, sin umbral perceptible, con la suavidad de un párrafo que concluye a mitad de frase y reanuda en la página siguiente como si la interrupción hubiera sido un dispositivo estilístico más que una cesura ontológica. Voss estaba en el tercer nivel, luego estaba en el segundo, luego estaba sentado en la silla de su oficina en el piso cuatro del edificio de la calle Callao, con el abrigo todavía puesto y el cuaderno de campo abierto sobre el escritorio en la última página escrita, que decía, con su letra inconfundible: *ver más adelante*.
No había más adelante. Era la última página del cuaderno.
Registró este dato con la automaticidad de quien documenta la temperatura antes de abrir una ventana. Luego tomó el compás de punta seca del bolsillo superior, lo depositó sobre el escritorio con el mismo gesto con que se devuelve un instrumento prestado, y permaneció inmóvil durante lo que sus mecanismos internos de estimación temporal calcularon en cuatro minutos, aunque el reloj de pared —un objeto de manufactura suiza que había comprado en 1997 por razones que no recordaba con claridad— marcaba las tres cuarenta y siete de la tarde, y cuando miró nuevamente marcaba las tres cuarenta y ocho, de manera que el intervalo real había sido de un minuto o de una hora, y la diferencia entre ambas posibilidades era, en este contexto, irrelevante.
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