En el año tres mil cuatrocientos y doce de la Era de la Dispersión, cuando los archivos holográficos de la Biblioteca Central de Salamanca-Prime ardieron durante el Saqueo Menor —llamado así no por su brevedad sino por el número relativamente modesto de senadores que perecieron en él—, entre los escombros digitales que un modesto funcionario llamado Cide Hamete Benameli rescató antes de que los supresores de incendio terminasen de borrar lo que las llamas no habían consumido, se halló un fragmento de registro en formato mándico antiguo cuya traducción al Basic Galáctico estándar presentamos aquí al lector curioso, con todas sus lagunas, sus repeticiones y sus momentos de gloria súbita, sin añadir ni quitar salvo lo que la honestidad de la transcripción exige. Que el lector juzgue si lo que sigue es historia, delirio, o esa tercera cosa que ocurre cuando ambas se miran a los ojos demasiado tiempo.
El manuscrito comienza, en su primera hoja legible, con estas palabras:
En un rincón del sistema Manchega cuyo nombre preciso no me place recordar, vivía no hace mucho tiempo un hidalgo de los que tienen nave propia y sable de luz oxidado, una olla de combustible más viejo que el pacto con los wookiees, una ensalada de asteroides la mayoría de las noches, y algún bocado de carne procesada los sábados de mercado. Sus paredes eran de metal corrugado. Sus ventanas daban al vacío.
Se llamaba Alonso Quijano.
Era un hombre de complexión recia pero cuerpo enjuto, como si la gravedad hubiese decidido ahorrarse el trabajo con él y lo hubiera dejado a medias. Rondaba los cincuenta años, o los aparentaba, que en las zonas de borde del Brazo de Orión el sol de las estaciones frías envejece a los hombres con la misma eficiencia con que el combustible barato envejece los motores. Tenía el cuello largo, el pecho angosto, las manos largas y manchadas de grasa de generación, y unos ojos que en su día habían sido simplemente castaños y que ahora, después de décadas de lectura bajo luz de emergencia, poseían esa luminosidad peculiar de quien ha visto demasiadas cosas que no existen.
Era, en suma, un hombre que no habría llamado la atención de nadie. Y eso lo consumía.
Su propiedad —si puede llamarse propiedad lo que el catastro registraba bajo el epígrafe dudoso de instalación de servicio clase C, categoría marginal— consistía en una estación de repostaje que abastecía a las naves de carga que cruzaban el corredor Manchega-Tarraconense, cuando se dignaban a cruzarlo, que cada vez era con menos frecuencia, pues las Federación Comercial había inaugurado tres años atrás una autopista hiperespacial que dejaba el corredor de Manchega tan apartado del tráfico galáctico como una luna sin atmósfera queda apartada del deseo de vivir. La estación había pertenecido al padre de su padre, quien la había recibido del suyo, y cada generación había añadido una tubería, un módulo de habitación, una deuda. El resultado era una construcción que desde la distancia podría confundirse con un accidente industrial y desde cerca confirmaba esa impresión.
En los módulos traseros, donde los generadores de respaldo habían dejado de respaldarse a sí mismos y las paredes transpiraban una humedad metálica que olía a óxido y a tiempo detenido, Alonso Quijano había instalado su biblioteca.
Llamarla biblioteca era, reconocía el propio Alonso en sus momentos de mayor lucidez —que iban escaseando con los años como el combustible del depósito número tres—, un acto de generosidad semántica. Era, en rigor, un acumulamiento. Una derrota arquitectónica. Había estanterías de metal soldadas a las paredes con la pericia irregular de quien ha visto hacer estanterías pero jamás ha estudiado ingeniería; había cajas de polímero apiladas hasta el techo que contenían rollos de datatape con crónicas de la República Dorada; había pedestales de bajo coste donde reposaban, bajo campanas de vidrio polarizado, los holocrones jedis, esos cubos y esferas de cristal negro que almacenaban la memoria de un orden extinguido hacía tanto tiempo que incluso su extinción había comenzado a mitificarse.
Por esos holocrones había vendido Alonso Quijano dos de sus tres parcelas de minería en el cinturón de asteroides Montiel.
Por los veintisiete volúmenes de las Crónicas Apócrifas de los Caballeros Andantes del Éter había vendido la tercera.
Por la colección completa de tratados de caballería espacial del maestro Feliciano de Sylva-9 había negociado la cesión de los derechos de franquicia del corredor Manchega durante cinco años a una empresa de intermediarios que ya no existía.
Su ama de llaves, mujer de cuarenta años con la expresión permanente de quien acaba de leer una factura inesperada, se llamaba Señora Quiteria y llevaba doce años intentando convencer a su señor de que los libros no alimentaban a nadie. Tenía razón. Los libros, sin embargo, tenían el don de hablar, y Alonso Quijano prefería una conversación a una cena.
Su sobrina, joven de diecinueve años que respondía al nombre de Antonia y había sido mandada por sus padres difuntos a vivir con el tío excéntrico porque ninguna otra alternativa se presentaba más atractiva, pasaba sus tardes entre el módulo de cocina y el módulo de comunicaciones, enviando mensajes a amigas en otros sistemas y recibiendo, a cambio, la certeza de que su vida había tomado un desvío equivocado. Era inteligente, práctica, y quería a su tío con esa clase de amor que se parece mucho a la desesperación.
Había también un vecino: un mecánico rechoncho y de buen humor llamado Sancho Panzagorda, que vivía en el módulo de mantenimiento exterior con su mujer Teresa, tres hijos de edades que él a veces confundía, y una colección de herramientas que constituía su única riqueza real. Sancho reparaba lo que Alonso rompía —que era casi todo— a cambio de una tarifa que Alonso pagaba con creciente irregularidad y que Sancho cobraba con creciente resignación. Tenía Sancho la complexión opuesta a la de su empleador: donde Alonso era enjuto, Sancho era próspero de carnes; donde Alonso miraba el horizonte con ansia metafísica, Sancho miraba la hora del almuerzo con una devoción que habría enternecido a cualquier dios razonable. Era, en suma, un hombre de tierra —o de módulo metálico, que en los bordes del Brazo de Orión viene a ser lo mismo— que nunca había sentido la necesidad de ser otra cosa.
Estos cuatro personajes, más la nave carguera modelo YT-1200 apodada Rocinante Estelar que dormitaba en la bahía de atraque exterior perdiendo aceite hidráulico en sueños, componían el universo inmediato de Alonso Quijano, y ese universo habría permanecido perfectamente estático, perfectamente miserable y perfectamente honesto de no ser por los holocrones.
Los holocrones, hay que decirlo en su defensa, no tenían malas intenciones.
Los Jedis que los habían fabricado hacía ya cuatro mil años eran gente seria, de buenos propósitos y considerable poder, que habían querido preservar su sabiduría para las generaciones que vinieran después. Lo que no habían previsto era que las generaciones que vinieran después se extinguirían en su mayoría, que la República que protegían caería bajo el peso de su propia burocracia y varios Señores del Lado Oscuro de voluntad enérgica, y que sus enseñanzas llegarían a los rincones más apartados del Brazo de Orión no a través de discípulos elegidos sino de mercados de segunda mano y subastas holográficas donde cualquiera con dinero suficiente y demasiado tiempo libre podía adquirir cuatro siglos de doctrina esotérica por el precio de una cosecha mediana de asteroides.
Alonso Quijano tenía dinero suficiente. Hasta que dejó de tenerlo.
Y tenía, más que suficiente, tiempo libre.
El proceso había sido gradual, como son todos los procesos que terminan en catástrofe. Primero fue la lectura recreativa: una crónica de batalla aquí, un tratado de filosofía de la Fuerza allá. Luego fue la colección: el placer metódico de adquirir, catalogar, preservar. Luego vino la erudición: Alonso comenzó a conocer los textos mejor que sus propias facturas de suministro, podía recitar de memoria los votos del Caballero Andante del Éter según el código de Feliciano de Sylva-9, podía trazar de memoria el mapa de las batallas de la República Dorada contra los Señores Sith del Primer Imperio, podía discernir entre las tres escuelas de interpretación del Código Jedi con la misma facilidad con que Sancho distinguía entre una junta bien ajustada y una que iba a darle problemas.
Y luego, finalmente, vino la convicción.
La convicción, en Alonso Quijano, llegó como llegan las mejores y las peores cosas: de noche, solo, con el estómago vacío y la mente llena.
Fue en el octavo mes del año en que el corredor Manchega-Tarraconense registró su menor tráfico en dos décadas, y Alonso llevaba ya seis días sin recibir una sola nave de clientes, lo que significaba seis días sin ingresos, lo que significaba seis días en que la realidad había resultado ser particularmente poco interesante comparada con lo que aguardaba en los módulos traseros.
El módulo de lectura olía esa noche —como olía casi todas las noches— a metal caliente, a lubricante de maquinaria vieja, y a ese olor particular e intraducible que tiene el polvo cuando lleva años posándose sobre superficies que nadie limpia porque nadie tiene tiempo de limpiarlas porque hay cosas más importantes que hacer, y las cosas más importantes que hacer son leer.
Sobre la mesa central, una pieza de tablero de aleación que Alonso había rescatado de una nave desguazada y que sostenía el peso de su erudición con la resignación de los muebles que no tienen adónde ir, descansaban en ese momento tres holocrones abiertos —sus núcleos de cristal emitiendo la luz azul pálida que indicaba actividad— y dos volúmenes físicos de datatape tan leídos que sus bordes se habían redondeado como los cantos de las piedras en un río.
Alonso Quijano llevaba despierto, según el registro del módulo de vida que nadie revisaba jamás salvo Señora Quiteria cuando necesitaba un argumento para su causa, cuarenta y una horas.
Tenía los ojos abiertos de esa manera en que los ojos se abren cuando el cuerpo ha renunciado a cualquier pretensión de sueño y decide, con la lúcida demencia de los agotados, que esto, esto exactamente, es el estado natural del ser humano y que dormía era cuando no pensaba correctamente.
Leía en ese momento —o había estado leyendo, o estaba a punto de leer, las fronteras entre estas tres cosas habiéndose disuelto horas atrás— el capítulo cuarto del segundo volumen de las Memorias del Caballero Jedi Amadís de la Nebulosa, en la edición comentada por el maestro Calofreno de Gaula-Prime, en que se describe el último combate de Amadís contra el Señor Oscuro Arcaláus el Encantador, cuya nave de guerra planeaba sobre los mundos del Borde Exterior como una sombra sobre la conciencia de los justos.
Amadís, en la narración, empuñaba su sable de luz con la serenidad de quien sabe que la Fuerza lo atraviesa y lo sostiene, que no combate solo sino como instrumento de algo más grande, que su victoria o su derrota importan menos que la pureza del propósito con que las afronta.
Alonso Quijano leyó ese párrafo cuatro veces.
Luego lo leyó una quinta.
Afuera, por los viewports de polímero amarillento que daban al vacío, las estrellas del Brazo de Orión ardían con esa indiferencia magnífica que tienen los astros en los momentos en que alguien necesita urgentemente que el universo le preste atención.
El holocrón central emitió entonces un pulso. Estos pulsos eran comunes —eran, en rigor, el mecanismo de reproducción del cristal, que no sabía que llevaba cuatro mil años siendo reproducido y seguía intentando con diligencia admirable encontrar un interlocutor digno— pero este fue diferente en su intensidad, o quizás fue el mismo de siempre y fue Alonso quien fue diferente.
La luz azul se extendió por el módulo.
En ella, o en la intersección de esa luz y sus cuarenta y una horas de vigilia y sus décadas de lectura y su hambre de esa noche específica y su soledad de toda la vida, Alonso Quijano vio lo que vio.
Eran caballeros. Vestían la túnica y el tabardo de los Jedis de la República, con el escudo de la Orden bordado en hilo de luz sobre el pecho, y flotaban en el espacio con la tranquilidad de quienes han hecho las paces con la gravedad. Sus sables de luz ardían: azul, verde, blanco, violeta. Sus rostros —podía verlos con una claridad que ninguna lógica justificaba— eran los rostros de los hombres que había leído toda su vida. Allí estaba Amadís. Allí estaba Tirante el Blanco de la Nebulosa. Allí estaba el Caballero del Febo Estelar, cuya historia le había costado la segunda parcela de asteroides y que no se arrepentía de haber comprado.
Y lo miraban a él.
No a la habitación. A él.
Y en esa mirada había una pregunta que Alonso Quijano llevaba cincuenta años sin saber cómo contestar, una pregunta sobre qué había hecho con su tiempo y su inteligencia y sus buenas intenciones, y la respuesta que los caballeros de luz le ofrecían en ese momento —sin palabras, porque los grandes mensajes nunca necesitan palabras— era esta: que la galaxia seguía oscura, que la Fuerza seguía durmiendo en el abandono, que los corredores del espacio seguían infestados de señores sin honor y mercaderes sin escrúpulos y senadores sin conciencia, y que alguien tenía que hacer algo al respecto.
Alguien.
La visión duró lo que dura un pulso de luz.
Luego el holocrón emitió un chasquido pequeño, como de cosa que ha dicho lo que tenía que decir, y la luminosidad volvió a su azul pálido habitual.
Alonso Quijano permaneció sentado durante un minuto exacto, con las manos planas sobre la mesa y los ojos fijos en el lugar donde los caballeros habían estado.
Luego se puso de pie.
Lo hizo con una deliberación nueva, con la rectitud de columna de quien acaba de comprender que ha estado encorvado demasiado tiempo no por cansancio sino por olvido. Se dirigió al armario de equipo de emergencia que ningún inquilino de la estación había abierto en veinte años, cuya llave tenía pegada con cinta aislante a la parte interior de la tercera estantería de la izquierda. Abrió el armario. Dentro había, entre extinctores caducados y trajes de presión que habrían resultado optimistas en cualquier emergencia real, varios rollos de papel de aluminio térmico para sellar fugas en los conductos de calefacción.
Los tomó.
Fue al cuarto de baño, que tenía un espejo de metal pulido porque los espejos de cristal en las zonas de borde tendían a romperse en los saltos al hiperespacio, y comenzó a envolverse.
Era un proceso lento y de resultado irregular. El papel de aluminio térmico no estaba diseñado para el cuerpo humano, y Alonso Quijano no había estudiado sastrería, de modo que la armadura que emergió de ese cuarto de hora de trabajo era una armadura que habría provocado perplejidad en cualquier herrero honesto. Cubría los hombros con un sobre-capado de múltiples capas que hacía ruido al moverse, como si el que lo llevara estuviese anunciando su llegada a distancia razonable. Los brazales eran aproximadamente del mismo grosor pero de diferente longitud. El peto reflejaba la luz con una eficiencia que compensaba, quizás, su falta de cualquier otra virtud defensiva.
Alonso Quijano se miró al espejo.
Lo que vio no era lo que estaba allí. O era lo que estaba allí y algo más. El hombre enjuto de cincuenta años con los ojos abiertos de quien lleva cuarenta y una horas sin dormir había adquirido, en su propio reflejo, una estatura que no tenía. Era, o así lo vio, o así comenzó en ese momento y para siempre a verlo, un caballero. El último de su estirpe. El heredero de Amadís, de Tirante, del Caballero del Febo, de todos los que habían leído los mismos textos y habían comprendido, como él comprendía ahora, que la lectura no era un pasatiempo sino una preparación.
Fue al módulo de almacenamiento.
Allí, sobre una caja de repuestos de generador, había un tubo de neón averiado que Sancho Panzagorda había reemplazado tres semanas antes y que nadie había llevado aún al depósito de reciclaje. Era un tubo de neón de iluminación de galería, de unos setenta centímetros de longitud, y cuando Alonso lo encendió —porque tenía pilas todavía, aunque flacas— emitió un zumbido bronco y una luz que parpadeaba entre el azul y el blanco con la decisión de algo que ya no quiere vivir pero tampoco termina de morir.
Lo sostuvo en la mano derecha.
Era, sin ninguna duda posible, un sable de luz.
Volvió al espejo. Se miró. Vio al caballero con su sable encendido, vio la luz irregular que lo aureolaba como una promesa, vio la armadura que captaba las estrellas de los viewports y las devolvía multiplicadas, y lo que quedaba de Alonso Quijano —el hombre prudente, el hidalgo arruinado, el administrador de combustible sin clientes— se apagó con la misma naturalidad con que se apaga un sistema que ya no tiene nada más que procesar.
Abrió la boca.
Habló.
Su voz tenía una calidad nueva: grave, deliberada, construida con la misma arquitectura retórica de los discursos que había leído toda la vida, como si las palabras hubiesen estado esperando en los textos la boca correcta para pronunciarlas.
Dijo: —Yo, Don Quijano del Éter, Caballero de la Fuerza Andante, último guardián del Orden en una galaxia que el Lado Oscuro ha hecho olvidar su propio nombre, juro ante las estrellas que no duermen y ante los maestros que duermen demasiado que no descansaré en mi errantía hasta que el honor, la justicia y la luminosidad de la Fuerza sean devueltos a todos los mundos que los han perdido, que son todos, y a todos los seres que los lloran, que son más de los que nadie cuenta.
La habitación estaba en silencio.
El holocrón parpadeó una vez.
El tubo de neón zumbó con lo que podría, con suficiente buena voluntad, interpretarse como asentimiento.
En el módulo de mantenimiento exterior, Sancho Panzagorda dormía el sueño pesado de los hombres que han reparado tres tuberías en el mismo día, sin sospechar que al amanecer alguien iba a venir a decirle que el universo lo necesitaba. Señora Quiteria dormía también, y soñaba, con esa clarividencia práctica que tienen los sueños de las personas prácticas, que algo había salido muy, muy mal. La joven Antonia dormía con el comunicador sobre la almohada, esperando un mensaje de una amiga en el sistema Canariae que nunca llegaba.
Y en los módulos traseros de la estación de combustible más pequeña y más olvidada del corredor Manchega-Tarraconense, entre el olor a metal y el azul de los holocrones y el parpadeante testimonio de un tubo de neón que se negaba a morir del todo, Don Quijano del Éter contemplaba el vacío por el viewport y consideraba, con la calma solemne de quien ha tomado una decisión de proporciones cósmicas, que la Rocinante Estelar —la nave carguera oxidada que dormía en la bahía de atraque perdiendo aceite hidráulico— necesitaría combustible antes de emprender la salvación de la galaxia.
Esto era, en conjunto, la menor de sus dificultades.
Y así, entre el olor a lubricante viejo y el polvo de cuatro mil años de sabiduría jedi, comenzó la historia más extraordinaria que jamás haya partido de un sistema sin importancia hacia un universo que no la esperaba.