La dificultad de conseguir combustible para la salvación de la galaxia resultó ser, en efecto, menor que todas las demás dificultades que le sucedieron a continuación.
Porque antes de que el amanecer hubiera terminado de pintar de naranja oxidado los paneles solares de la estación, Don Quijano del Éter —que era, recordémoslo, Alonso Quijano hasta hacía quizás seis horas— había resuelto el problema del combustible con una solución que habría hecho llorar a la Señora Quiteria: extrajo de la reserva de emergencia los últimos ciento veinte litros de combustible hiperespacial de grado B que guardaba en el tanque sellado bajo el suelo del hangar, el mismo que había jurado no tocar hasta que los precios subieran, llenó los depósitos menguados de la Rocinante Estelar con la solemnidad de un sacerdote preparando el agua de una ceremonia sagrada, y escribió en el libro de cuentas, con letra firme y nueva: *Dotación primera del Caballero del Éter para la campaña de restauración galáctica.* Debajo añadió la fecha según el calendario de la República Dorada, que llevaba cuatro siglos sin usarse, y firmó con una rúbrica que era tres veces más larga que su nombre.
La Rocinante Estelar recibió el combustible con un ruido de tripas agradecido.
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