
En los confines olvidados del Brazo de Orión, vive Alonso Quijano de la Galaxia, un hidalgo venido a menos que habita en una estación de combustible destartalada en el borde del sistema Manchega. Consumido por la lectura compulsiva de antiguos holocrones jedis, crónicas de la República Dorada y tratados de caballería espacial, el buen Alonso pierde el juicio y se convence de que él mismo es un Caballero Jedi, último guardián de la Fuerza en una galaxia que hace siglos olvidó su existencia. Se rebautiza Don Quijano del Éter, viste una armadura de chatarra recubierta con papel de aluminio térmico, empuña un sable de luz fabricado con un tubo de neón averiado que zumba patéticamente, y bautiza su oxidada nave carguera —una Corelliana YT-1200 sin una aleta— como Rocinante Estelar. Convoca como escudero a Sancho Panzagorda, su vecino mecánico, hombre de barriga prodigiosa, sentido común abrumador y codicia moderada, a quien promete el gobierno de una luna entera. Juntos emprenden aventuras por la galaxia: confunden estaciones espaciales con castillos encantados, toman a piratas del hiperespacio por caballeros corrompidos por el Lado Oscuro, liberan prisioneros de una nave penal que después los aporrean sin gratitud, y se enfrentan a molinos de viento que son, en realidad, gigantescas antenas de comunicación de la Federación Comercial. Todo mientras una conspiración sithiana verdadera se teje en las sombras del Senado Galáctico, ignorada por todos salvo por el único loco que podría verla, pues a veces solo la locura distingue lo verdadero del simulacro. La novela culmina cuando Don Quijano vence —o cree vencer— al Caballero de la Luna Blanca, un caza estelar pilotado por su propio sobrino disfrazado, y regresa a casa para morir cuerdo, dictando su testamento con dignidad devastadora.
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