Cuenta el cronista que firma estas páginas —y que ha dedicado años considerables a reconstruir el archivo holográfico dañado de la biblioteca de Salamanca-Prima donde encontró estos documentos— que hay en la historia de Don Quijano del Éter un episodio que los historiadores posteriores calificaron de filosóficamente irregular, los médicos de clínicamente interesante, y los poetas de devastadoramente hermoso, según la disposición del ánimo con que cada cual lo leyó. Dicho episodio ocurre aproximadamente en el decimocuarto día del segundo periplo del caballero por el Brazo de Orión, cuando la Rocinante Estelar, habiendo dejado atrás el cinturón de asteroides donde se dispersaron los galeotes del Ke-Sartes como semillas de una mala cosecha, navegaba por la ruta terciaria R-12 con una turbina que hacía un ruido cuya descripción el sistema RCT-7 clasificó, en la bitácora técnica, como: *sonido no identificado en el catálogo estándar; posiblemente queja estructural; posiblemente otra cosa.*
Fue en esas circunstancias, bajo esa luz y con ese ruido de fondo, cuando Don Quijano del Éter llamó a su escudero al puente de mando.
Sancho Panzagorda llegó al puente con el mono de trabajo manchado de grasa nueva —de la grasa del tubo de refrigerante que había pasado las últimas dos horas intentando sellar con una combinación de cinta de calafateo, esperanza, y un vocabulario técnico que en realidad era insultos disfrazados de terminología— y encontró a su señor sentado en el asiento del copiloto con una postura que solo adoptaba cuando estaba a punto de cometer algo épico. Tenía la columna vertebral recta, las manos cruzadas sobre las rodillas con cuidado ceremonioso, y miraba el panel de navegación con la expresión de quien no mira el panel de navegación sino la eternidad que hay detrás del panel de navegación.
Create a free account to unlock all chapters. It only takes a few seconds.
Sign In FreeCreate your own AI-powered novel for free
Get Started Free