Sancho regresó a la Rocinante Estelar oliendo a tierra húmeda y desengaño, con la carta sin entregar doblada en el bolsillo izquierdo del mono y una historia que había construido durante los cuarenta y siete minutos del viaje de vuelta con la meticulosidad de un hombre que sabe que va a tener que sostenerla bajo interrogatorio.
Don Quijano lo esperaba en el puente con la postura de quien ha estado esperando durante horas sin moverse, que es la postura de los que esperan noticias que les importan demasiado.
Lo que siguió fue, según el Manuscrito Mándico que el narrador traduce con la fidelidad que le es posible, uno de los intercambios más extraordinarios del segundo periplo: Sancho describió a Dulcinea encantada, transformada por fuerzas oscuras en una labradora de manos ásperas y vocabulario práctico, y Don Quijano escuchó con los ojos cerrados y aceptó el informe entero con una dignidad tan absoluta que Sancho, quien había preparado defensas elaboradas contra la incredulidad, se encontró sin nada que defender, lo cual resultó ser mucho peor.
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