Debe advertirse al lector escrupuloso que el presente capítulo fue reconstituido a partir de dos fuentes de fiabilidad desigual: en primer lugar, el registro interno de operaciones del droide Maese Nicolás-9, cuyos archivos de bitácora sobrevivieron íntegros aunque redactados con la frialdad clínica que es característica de su modelo; y en segundo lugar, el testimonio oral de la Señora Quiteria, recogido años más tarde por el cronista que firma estas páginas bajo el seudónimo de Cide Hamete Benareli, y que la buena mujer ofreció con la misma mezcla de indignación retrospectiva y pesar disfrazado de indignación que aplicaba a todos los asuntos relacionados con su difunto señor. Entre ambas versiones existen discrepancias menores —sobre el orden exacto en que ardieron los holocrones, sobre quién pronunció ciertas palabras y si el Padre Pero Pérez llegó antes o después de que la Señora Quiteria hubiera ya encendido la primera llama— pero la sustancia de los hechos, y sobre todo su consecuencia más duradera, están más allá de toda disputa razonable, porque la consecuencia dejó un rastro documental que el tiempo no ha podido borrar del todo.
Lo que ocurrió en la estación de repostaje del sistema Manchega, durante los tres días que siguieron a la partida de Don Quijano del Éter y su escudero Sancho Panzagorda, fue esto.
La Señora Quiteria no había dormido.
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