Lleva el narrador del archivo holográfico —cuya identidad permanece incierta, pues el encabezado del manuscrito está carbonizado en sus primeras tres líneas— varios párrafos describiendo la naturaleza del espacio entre sistemas como una metáfora del estado mental de quien lo atraviesa: vacío para el hombre vacío, colmado de prodigios para el hombre que sabe leer sus señales. Esta digresión, que el copista de la segunda versión mándica marcó al margen con la nota *quitar en edición limpia*, ha sobrevivido todas las ediciones porque ningún editor posterior se atrevió a contradecir a alguien muerto, y porque la digresión tiene, a pesar de todo, la virtud de ser verdadera.
Sea como fuere, lo cierto es que llevaban dos días de viaje cuando Don Quijano del Éter vio los gigantes.
Los vio primero en la pantalla de navegación, que los registró como treinta y siete estructuras de transmisión clase Omega-IV pertenecientes a la Federación Comercial del Brazo de Orión, catalogadas bajo la referencia administrativa CF-ARR-0019 a CF-ARR-0055, instaladas dieciséis años atrás mediante un contrato de concesión que ocupaba cuatro volúmenes de cláusulas subsidiarias y que nadie, salvo los abogados que lo redactaron y un oscuro contable llamado Señor Trifolium que trabajaba en el piso cuarenta y dos de una oficina sin ventanas en Coruscant-Secundaria, había leído en su totalidad.
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