La herida en el muslo de Khal Ossian llevaba doce días supurando cuando el olor cambió. Daniela lo supo antes que el sanador de la horda, antes que los capitanes que entraban y salían de la tienda con esa expresión específica de hombres que han decidido cuándo empezar a llorar pero todavía no han recibido permiso. Lo supo porque había aprendido a leer la tienda grande de cuero negro como quien lee un idioma sin gramática escrita: por los ritmos, por las pausas, por el modo en que los jinetes de guardia comenzaron a apoyarse en las lanzas en lugar de sostenerlas.
Ossian murió al amanecer del decimotercero día, con la misma economía con que había hecho todo en vida. No habló en sus últimas horas. Apretó la mano de Daniela una vez, con la fuerza que le quedaba, que era poca pero era suficiente para comunicar algo que ninguno de los dos habría sabido traducir al idioma del otro. Luego la soltó. Luego dejó de respirar.
Daniela permaneció sentada junto al cuerpo durante el tiempo que tardó la vela de sebo en consumirse hasta la mecha, que era la medida de duelo que los costumbres del llano prescribían para una esposa en la primera hora. Cuando la llama se apagó, se puso de pie, alisó la lana de su vestido con ambas palmas, y salió de la tienda al frío azul de la mañana.
Create a free account to unlock all chapters. It only takes a few seconds.
Sign In FreeCreate your own AI-powered novel for free
Get Started Free