El Muro de Ceniza tenía cuatrocientos años y no había sido construido tanto como acumulado: generación tras generación de hombres que añadían piedra sobre piedra con la lógica paciente de quienes no esperan vivir para ver el trabajo terminado. Medía veintidós metros en su punto más alto y se extendía de costa a costa como una cicatriz que el continente no recordaba haberse hecho. En invierno, el viento que bajaba del norte no olía a nieve sino a algo más antiguo que la nieve, algo que los hombres del Muro describían como el olor de la tierra cuando todavía no había aprendido a tener árboles.
Juan Nieves llevaba tres meses durmiendo menos de cinco horas por noche.
No era insomnio en el sentido que la gente del sur daría al término. Era más bien una forma de atención sostenida, la misma que aprende a tener un hombre cuando sabe que hay algo en la oscuridad y todavía no sabe con exactitud qué forma tiene. Lo había aprendido de Renk, el sargento que lo crió en el Muro, quien decía que el miedo inteligente no te mantiene despierto por las noches sino que simplemente te acorta el sueño de manera productiva. Renk había muerto dos inviernos atrás de fiebre pulmonar, que era la manera habitual de morir en el Muro cuando no te mataba otra cosa, y Juan todavía escuchaba su voz en los momentos de incertidumbre con la claridad involuntaria con que se escuchan los muertos que uno ha amado.
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