El cuervo llegó al amanecer del séptimo día, cuando la nieve había dejado de caer por primera vez en tres semanas y el cielo sobre Fortaleza Pino tenía ese color particular de metal frío que en el norte llaman la luz del arrepentimiento, porque siempre llega demasiado tarde para iluminar lo que ya ha ocurrido.
No fue el cuervo quien trajo la noticia. Fue Castaño, soldado de caballería del tercer regimiento fronterizo, que había cabalgado desde Aurea sin detenerse más de lo estrictamente necesario para no matar al caballo, porque a los caballos muertos no se les puede pedir más velocidad. Llegó con la nariz rota de haberse caído durante la segunda noche de camino, con el ojo izquierdo hinchado y morado por la misma caída, con las manos tan tiesas por el frío que tuvo que sostener las riendas doblándolas sobre las palmas como si sujetara ramas. Los guardias de la puerta norte lo reconocieron porque tenía en el cuello la cicatriz de la Batalla del Vado Gris, donde había peleado bajo el estandarte de los Solano, y porque nadie llega a Fortaleza Pino con esa cara sin haber venido de muy lejos a decir algo que no puede esperar.
Rodrigo el Joven estaba en el patio de armas practicando con la espada cuando le avisaron. Era una práctica que realizaba todas las mañanas desde los trece años, metódica y sin entusiasmo particular, no porque disfrutara del ejercicio sino porque su padre le había dicho una vez que los hombres que no practican cuando no tienen que hacerlo son siempre sorprendidos por los momentos en que sí tienen que hacerlo, y Rodrigo había archivado esa frase en el lugar donde guardaba todas las enseñanzas de su padre, que era un lugar al que accedía sin querer cuando menos convenía.
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