La mariposa murió esa tarde.
Alicia lo notó porque había estado moviéndose durante horas dentro de su puño cerrado, esa vibración imperceptible de alas contra palma que era casi idéntica a un pulso, y luego se detuvo. No gradualmente sino de golpe, como se detienen las cosas que no saben cómo terminar despacio. Abrió la mano en el portal de una zapatería y la miró durante un momento. Tenía las alas del color exacto del azufre, del color exacto de lo que le había caído encima a su padre mientras la hoja caía. La dejó en el umbral de la zapatería, sobre la piedra, y continuó caminando.
Eso fue tres horas después de la ejecución.
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