La guerra llegó a las aldeas antes de llegar a los libros, que es siempre el orden verdadero de las cosas aunque los historiadores prefieran invertirlo.
Primero llegaron los mensajeros, que cabalgaban con la urgencia de quien lleva noticias que no quiere llevar. Luego llegaron los rumores, que viajan más rápido que los mensajeros porque no necesitan comer ni dormir ni cambiar de caballo. Luego llegaron los soldados, que son la forma más costosa de puntuar un argumento. Y después de los soldados llegaron las mariposas amarillas, que para entonces ya no sorprendía a nadie salvo a los que acababan de verlas por primera vez, que eran siempre, de alguna manera, los que más tenían que perder.
El escribano Toño de la aldea de Brenales, en el valle medio del río Osta, dejó escrito en su cuaderno de registro que el primer día del mes de las Cenizas amanecieron cuatro estandartes diferentes clavados en el campo de cereal comunal, cada uno reclamando el campo como territorio de avituallamiento para un ejército diferente, y que cuando fue a preguntar a quién dirigir la queja formal descubrió que no había nadie a quien dirigírsela, porque los cuatro capitanes a cargo de los cuatro destacamentos se habían matado entre sí la noche anterior en la taberna de Brenas, y que los cuatro grupos de soldados, ahora sin órdenes, habían procedido a tomar el cereal de todas formas, que era probablemente lo que iban a hacer independientemente de las quejas formales.
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