Han pasado tres años desde que Alicia Solano cruzó el Canal Estrecho en una barcaza que olía a pescado salado y a decisiones irreversibles, y en ese tiempo ha aprendido que la memoria es un lujo que no puede permitirse pero que lleva consigo de todas formas, guardada en el mismo lugar donde otros guardan el miedo.
La muchacha que regresa a Vestiria no tiene once años ni se llama Alicia. Tiene catorce y se llama Maret, que es el nombre que le asignaron en el Gremio de las Caras Sin Rostro de Sal cuando evaluaron su trabajo durante el primer mes y encontraron que era adecuada para cosas más permanentes que lavar suelos. Antes de Maret fue Lena durante seis semanas, y antes de Lena fue la viuda Peransa durante cuatro días que no cuentan porque nadie murió. Tres nombres que no son suyos, y un cuarto que ha dejado de usar con la misma deliberación con que se cierra una ventana en invierno: no para negar que existe el exterior, sino para no morir de frío.
Cruza el Canal en dirección contraria en un barco mercante que transporta telas de seda morada, cuyo capitán es un hombre llamado Grao que tiene la costumbre de no mirar a sus pasajeros de pago a los ojos y que por esta virtud singular ha sobrevivido veintidós años en el negocio de transportar personas que prefieren no ser recordadas. Alicia —Maret— ocupa una litera en la bodega de proa, entre fardos de seda que huelen a tinte y a agua de mar, y duerme cuatro horas porque cuatro horas es lo que el cuerpo necesita para funcionar y el descanso adicional es desperdicio de tiempo en el que podría estar pensando.
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