La puerta norte del Muro de Ceniza no había sido abierta en once años, desde que el comandante anterior — un hombre de apellido Vares que bebía para olvidar lo que había visto en sus primeras semanas de mando y terminó olvidando también todo lo demás — la selló con tres barras de hierro forjado y un decreto que nadie había pensado en revocar porque nadie había tenido razones para cruzar en esa dirección. Juan Nieves la abrió al tercer día después de la noche en que reconoció la postura de Ferrán a través de la mirilla, con la calma metódica de alguien que lleva semanas sabiendo lo que va a hacer y ha esperado únicamente el momento en que la espera deja de ser prudencia y se convierte en cobardía.
Eligió siete hombres.
No los eligió por valor — el valor en la guarnición del Muro de Ceniza era un recurso tan abundante como el frío y tan poco útil como él cuando se trataba de cosas que las espadas no podían resolver —, sino por otras calidades más difíciles de nombrar. Al cabo Dun, que tenía la particularidad de no hablar cuando estaba asustado en lugar de hablar más, lo cual Juan consideraba el único comportamiento racional frente al miedo. A la soldado Petra, que llevaba seis años en el Muro y había desarrollado la capacidad de dormir sobre el hielo sin que le temblaran las manos al despertar. Al hermano Vox, que no era exactamente un hombre de fe ni exactamente lo contrario y que había vivido los últimos tres años compilando en un cuaderno de páginas amarillentas todo lo que los soldados muertos habían dicho o hecho antes de morir, porque había decidido por razones que no explicó a nadie que ese registro podría ser útil algún día. A Merro el Quieto, que era el único hombre en la guarnición que había nacido norte del Muro — al otro lado, en las aldeas extintas que los Antiguos habían consumido en la primera ola, un siglo atrás — y que por tanto tenía un conocimiento del territorio que los mapas no contenían. Y a tres hombres más cuyos nombres el registro histórico perdería en la segunda oleada de fiebre que devastaría la guarnición dos inviernos después, pero que esa mañana eran hombres reales con botas reales y alientos que formaban nubes blancas en el aire helado del norte.
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