La mañana en que el rey Rodrigo salió a cazar jabalíes, el cielo tenía el color exacto del peltre viejo: ese gris sin profundidad que no promete lluvia ni la descarta, que simplemente declara que el día no tiene intención de participar en los asuntos de los hombres. Edmundo lo observó desde la ventana de sus aposentos en el ala oriental mientras los mozos de cuadra llevaban los caballos al patio interior y los lords de la comitiva llegaban en grupos de dos y tres, con sus capas de caza y sus gestos de hombres que saben exactamente qué papel están representando.
No lo habían invitado.
Lo había sabido la noche anterior, cuando el chambelán Veyra se presentó en sus aposentos con la lista de participantes redactada en el papel fino que se reservaba para las comunicaciones que debían parecer informales pero no lo eran, y le informó que el rey deseaba una jornada de caza con compañía reducida, que la Mano del Reino podría aprovechar el día para continuar con sus revisiones del archivo. Veyra dijo esto último con la entonación de un hombre que considera estar haciéndole un favor. Edmundo le dio las gracias con la misma cortesía con que se agradece a quien te cierra una puerta en la cara.
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