Edmundo se levantó antes del amanecer y revisó sus notas por última vez con la misma disposición metódica con que un hombre revisa la cincha de su caballo antes de una cabalgata larga. No añadió nada. No tachó nada. Dobló los papeles en el orden en que los presentaría, los ató con un cordel fino, y los dejó sobre la mesa mientras se vestía en la oscuridad con la ropa de los días formales: la sobreveste oscura con el medallón de Mano del Rey sobre el pecho, donde relucía con la indiferencia de los metales que no conocen el contexto de lo que presencian.
Alicia lo vio salir. Ella estaba sentada en el umbral de su habitación, envuelta en una manta de lana del norte, con los pies descalzos sobre las losas frías. Tenía once años y el hábito, nunca corregido, de despertarse antes que el mundo.
—¿Vas al consejo? —preguntó.
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