Los archivos de la Estación Mancha Estelar afirman, con la sequedad propia de los documentos oficiales, que en el registro de personal del ala orbital norte figura un tal Alonso Quijano, bibliotecario de tercera categoría, cuya hoja de servicios acumula treinta y dos años de puntualidad irreprochable y una sola nota disciplinaria: «Sujeto adquiere material de archivo no autorizado con fondos operativos. Reincidente.» Lo que los archivos no consignan —porque los archivos son instrumentos de la prosa y no de la poesía— es que dicho material no autorizado consistía en cuarenta y siete holocrones jedi, tres compendios apócrifos de la antigua Orden, y un volumen encuadernado en cuero sintético que prometía, en su portada dorada y algo despegada, revelar Los Misterios Últimos de la Fuerza Etérea, tomo segundo. Tampoco recogen los archivos lo que le ocurrió a Alonso Quijano después del mediodía del martes cuando llegaron a llevarse sus libros.
Llegaron a las dos de la tarde, que es la hora en que la luz artificial de la Estación Mancha Estelar adquiere ese tono amarillo de clínica pública que hace a los hombres parecer enfermos y a las deudas parecer irremediables.
Eran cuatro: dos mozos de almacén con ropa de trabajo naranja, el administrador Pérez —hombre de papeles y de hombros caídos que olía permanentemente a café recalentado—, y la sobrina de Quijano, Antonia, que llevaba un chip de inventario en la mano y los ojos de quien ha llorado en el trayecto pero no piensa llorar aquí. Traían una plataforma antigravedad oxidada y redes de carga amarillas que contrastaban con el silencio del archivo como gritos en una catedral.
—Tío —dijo Antonia, y no dijo nada más, porque las dos sílabas ya contenían todo lo que necesitaba decir.
Alonso Quijano estaba de pie junto a la tercera estantería, sujetando un holocrón de color ámbar con ambas manos, como se sujeta algo vivo. Era un hombre de estatura media y complexión que había sido robusta y ya no lo era del todo, con el cabello gris de quien ha pasado demasiadas noches bajo luz fluorescente y no suficientes bajo la luz de ninguna estrella verdadera. Sus ojos —y este detalle lo omiten también los archivos— eran de un color indefinido que cambiaba según lo que estuviera leyendo: azul pálido cuando estudiaba astronomía, casi verde cuando se perdía en los viejos textos de la Orden.
En ese momento eran de un gris muy quieto.
—El administrador Pérez —dijo sin volverse— ha traído las redes de carga. Observo que son redes de carga, y no cajas. Las redes son para mercancía sin clasificar.
—Señor Quijano —intervino Pérez, consultando su tablilla con la expresión de quien preferiría estar en cualquier otro lugar del sector—, la deuda con la estación asciende a catorce mil créditos galácticos más intereses acumulados durante—
—Yo oigo lo que usted dice —respondió Quijano con una cortesía que era más afilada que cualquier descortesía—, y comprendo perfectamente la aritmética. Lo que pregunto es si estas colecciones serán transportadas en redes.
—Son libros —dijo uno de los mozos, con el pragmatismo honesto de quien no entiende por qué la pregunta es importante.
—Son —corrigió Quijano, y en ese momento sí se volvió, y el holocrón ámbar lo tuvo aún en la mano, iluminándole los dedos desde dentro con una luz que parpadeó una vez, como reconociéndolo—, la memoria de una civilización que tardó diez mil años en construirse y veinticuatro horas en olvidarse. Pero sí, entiendo. Procedan.
No se movió mientras los cargaban. Permanecía junto a la estantería vacía —que se vaciaba primero, porque los mozos trabajaban metódicamente de izquierda a derecha—, y su postura era la de alguien que observa un eclipse: quieto no por indiferencia sino porque moverse sería admitir que puede hacer algo al respecto. El olor del polvo acumulado durante décadas se levantó al mover los volúmenes, ese olor específico de papel manufacturado y plástico envejecido y algo que no tiene nombre exacto pero que cualquier bibliotecario reconocería con los ojos cerrados. Antonia miraba el chip de inventario y no miraba a su tío. Pérez anotaba números. Los mozos trabajaban con eficiencia impersonal.
El último en irse fue el tomo segundo de Los Misterios Últimos de la Fuerza Etérea, que cayó de la red y aterrizó sobre la plataforma con un golpe sordo. Un mozo lo recogió sin examinarlo y lo depositó de cualquier manera sobre la pila. Quijano cerró los ojos.
—El capítulo doce —dijo en voz muy baja, casi para sí—, habla de la serenidad como virtud cardinal del caballero jedi. Que la serenidad no es la ausencia de sentimiento, sino la presencia de una voluntad más grande que el sentimiento.
—Tío —dijo Antonia, y esta vez su voz se quebró apenas, un milímetro—, ven a casa. La señora Remedios ha preparado—
—Sí —dijo él—. Sí, enseguida.
Pero no fue enseguida. Permaneció en el archivo hasta que los pasos de todos se perdieron por el corredor del ala norte, y luego un poco más. La habitación sin libros era más grande de lo que jamás había parecido con ellos. Las paredes mostraban rectángulos más oscuros donde las estanterías habían protegido la pintura del polvo de décadas, fantasmas de archivos en el color mismo del muro. El aire sin papel olía a metal frío y a la grasa perpetua de la maquinaria orbital que latía en los huesos de la estación como una marea mecánica.
Alonso Quijano se sentó en el suelo, porque la única silla que quedaba era la de su escritorio y el escritorio también se había ido, y estuvo sentado un tiempo que él no habría sabido cuantificar mirando esos rectángulos más oscuros en la pared.
Debe advertirse aquí al lector benévolo que Alonso Quijano llevaba —según cálculo conservador de su sobrina, quien era la persona con más autoridad para estimarlo— unos tres años en el proceso gradual e indoloro de perder la frontera entre lo que había leído y lo que era real. No había ocurrido de golpe, la manera en que ocurren los accidentes industriales y las guerras galácticas, sino de la manera en que ocurren las mareas: imperceptiblemente, y de forma que cuando uno nota que el suelo está mojado ya lleva un buen rato siéndolo. Los holocrones jedi tenían mucho que ver con el asunto. Llevan siglos siendo peligrosos por exactamente esta razón: no mienten, sino que revelan verdades tan grandes que la mente ordinaria, confrontada con ellas, reorganiza la realidad para que quepan.
La mente de Alonso Quijano no era ordinaria. Era, por desgracia para él y para la contabilidad de la estación, extraordinariamente receptiva.
Esa noche no durmió.
El catre de su cuarto —un cuarto de tres metros por cuatro, al final del corredor del ala norte, cuyas paredes exudaban en invierno orbital una humedad que él había diagnosticado en varias ocasiones como síntoma del deterioro moral general de la estación— permaneció sin ser deformado por ningún cuerpo humano mientras las horas avanzaban según el reloj de pared, que marcaba tiempo con la perseverancia sorda de los objetos inútiles. Afuera, la estación Mancha Estelar hacía sus ruidos nocturnos: el zumbido de los generadores, el chirrido ocasional de alguna compuerta de carga, la voz distante de algún técnico del turno de noche que maldecía en el dialecto particular de quien lleva demasiadas horas mirando cables.
Alonso Quijano estaba en el compartimento de carga trasero, que daba al docking bay número siete.
En el docking bay número siete vivía Rocinante.
No era su nombre oficial. Su nombre oficial, grabado en una placa de aluminio atornillada bajo el panel de control de babor, era RCN-7, aunque la segunda N ya estaba casi ilegible por el óxido. Era una carguera de la clase que los ingenieros de la República habían bautizado alguna vez con el optimismo utilitario de «multipropósito de rango medio», lo que significaba que no era particularmente rápida, ni particularmente espaciosa, ni particularmente nueva, pero que podía —en teoría, y con viento a favor en el hiperespacio, y con el motor de babor en uno de sus días buenos— llegar de un punto a otro sin matar a nadie en el proceso. Quijano la había adquirido hacía siete años por una cantidad de créditos que su sobrina prefería no recordar, con el propósito declarado de «modernizar el sistema de distribución del archivo». Ese sistema de distribución nunca había sido modernizado.
La nave, en cambio, había sido amada.
Quijano tenía en la mano una armadura de piloto.
Era, en rigor, un traje de vuelo de la Armada de la República, modelo estándar de hacía unos cuarenta años, que había adquirido en un mercado de segunda mano del nivel inferior de la estación por razones que en su momento había descrito a Antonia como «necesidades del archivo». Estaba corroído en los hombros y en los codos con esa corrosión azul-verdosa que ataca el aluminio cuando pasa suficiente tiempo cerca de la atmósfera salina de una estación orbital. Pero Quijano lo había pulido. Durante cuántas noches lo había pulido con trapo y con paciencia resultaba difícil de precisar, pero el resultado era que el peto central reflejaba la luz del docking bay con una dignidad que el material no habría esperado de sí mismo en sus mejores años de servicio activo.
Lo contempló largo rato con la expresión del hombre que está terminando de tomar una decisión que en realidad tomó hace mucho tiempo.
—Treinta y dos años —dijo en voz alta, y su voz sonó extraña en el compartimento vacío, como las voces suenan extrañas cuando uno habla solo y lo sabe—. Treinta y dos años catalogando la memoria de otros hombres. Ordenando en estanterías las hazañas de quienes supieron, en su hora, que existían para algo más que ordenar estanterías.
El motor de babor de Rocinante emitió un sonido. Era el sonido que suelen hacer los motores viejos al enfriarse en la noche, un chasquido metálico sin significado, pero Quijano lo escuchó con la atención de quien espera una respuesta.
—Bien dicho —le dijo a la nave.
Comenzó a ponerse la armadura con la ceremoniosidad torpe de quien no ha vestido armadura nunca pero ha leído suficiente sobre el asunto para saber que debe hacerse con gravedad. El cuello del traje crujió al ajustarse. El cierre del peto derecho se resistió y luego cedió con un quejido. Las botas del traje le quedaban ligeramente grandes, lo que producía al caminar un ruido suave y rítmico, como aplausos muy lejanos.
Se detuvo frente al cristal de la cabina de Rocinante, que hacía las veces de espejo.
El hombre que lo miraba desde el otro lado tenía cincuenta y dos años, o quizás cincuenta y tres —los cumpleaños habían dejado de parecerle información relevante en algún punto de la década anterior—, el cabello gris revuelto de una noche sin sueño, y una armadura de piloto oxidada y pulida que en la luz azulada del hangar producía el efecto de algo que podría, con voluntad y buena iluminación, pasar por legendario. Tenía los ojos abiertos con esa claridad particular de los febriles y los desvelados y los que han decidido algo irrevocable.
—Alonso Quijano —dijo el hombre del cristal.
Y luego, después de una pausa en que la estación hizo sus ruidos y la nave hizo sus crujidos y el universo continuó con su indiferencia habitual:
—No.
Porque Alonso Quijano era el hombre que había pasado treinta y dos años en una estación orbital catalogando los sueños de los muertos. Alonso Quijano era el hombre cuyas deudas ascendían a catorce mil créditos más intereses y cuyos libros habían salido esa tarde en redes de carga amarillas. Alonso Quijano era el hombre a quien el universo había producido, con eficiencia administrativa, como resultado de todo lo que él había leído y estudiado y amado.
No era quien debía salir esta noche al espacio.
La persona que debía salir esta noche al espacio —y esto era evidente, con la evidencia de las cosas que se han comprendido al fin después de décadas— era el último caballero jedi del sector Mancha Estelar. El guardián de los débiles. El restaurador de la antigua Orden. El hombre a quien la Fuerza etérea, esa corriente invisible que los holocrones describían con una precisión que solo los muy sabios o los muy locos podían comprender plenamente, había elegido para recordarle al universo que la justicia no había prescrito aunque nadie le renovara la licencia administrativa.
Ese hombre necesitaba un nombre a la altura de la empresa.
Don Quijote de La Galaxia, pensó. Y luego lo dijo en voz alta, porque las cosas dichas en voz alta son de otra categoría que las pensadas, tienen otra densidad en el aire, se adhieren al mundo de manera diferente: —Don Quijote de La Galaxia.
La nave hizo un ruido que en su sistema de ventilación era perfectamente ordinario y que él interpretó como aclamación.
—Necesitarás nombre también —le dijo a Rocinante, que hasta ese momento había sido RCN-7 y veintitrés diminutivos cariñosos de diversa fortuna—. No puede un caballero de mi rango cabalgar en una nave sin historia. Sin historia propia, quiero decir. Sin historia que sea suya y no de los registros de la República.
Rocinante, cuya inteligencia artificial de navegación llevaba treinta años procesando datos de rutas de grano del borde exterior y había desarrollado en ese tiempo algo que sus programadores habrían descrito como «errores acumulados de personalidad» y que cualquier observador honesto habría descrito de otra manera, parpadeó tres veces con las luces del panel de control.
—Rocinante Estelar —decidió él—. Que fue antes carguera y es ahora corcel del destino. Como corresponde a toda grandeza: empezar en lo humilde.
Subió a la cabina.
El panel de control de Rocinante Estelar tenía la vetusta complejidad de los instrumentos diseñados en una época en que los ingenieros creían que más botones significaba más capacidad, y la mayoría de esos botones ya no correspondía a sistemas operativos. La pantalla de navegación mostraba los mapas estelares del sector con una desactualización de aproximadamente treinta años, lo que significaba que varias estaciones en ellos marcadas como activas habían sido abandonadas, reconvertidas o destruidas en guerras que los mapas no registraban, y varias estaciones activas en la realidad no existían en los mapas en absoluto. Era, en suma, una cartografía que describía con fidelidad perfecta un universo que ya no existía.
Don Quijote la encontró completamente satisfactoria.
—Ponemos rumbo —anunció— al universo.
La inteligencia artificial de Rocinante procesó esta instrucción durante tres punto siete segundos, que es mucho tiempo para un sistema de navegación, y luego abrió un campo de entrada en la pantalla y escribió, con la tipografía estándar de los sistemas de registro de la antigua flota republicana:
DESTINO: UNIVERSO
COORDENADAS: NO DISPONIBLES
CLASIFICACIÓN DE RUTA: DESCONOCIDA
Don Quijote consideró esto un momento.
—Exactamente —dijo.
El motor de babor, cuando lo encendió, comenzó a echar humo casi de inmediato, un humo gris y ligero que el sistema de ventilación del hangar absorbió con la resignación de quien ha visto cosas peores. El motor de estribor respondió con más entusiasmo, aunque con un vibrato que los manuales de mantenimiento habrían clasificado como «preocupante». Antonia, en su cuarto al otro lado de la estación, dormía con el sueño pesado de los agotados y no escuchó los motores encenderse. El administrador Pérez dormía con el sueño tranquilo de quien ha cumplido con los procedimientos correspondientes. Los mozos de almacén dormían con el sueño sin sueños de quienes trabajan honestamente con los músculos.
Las compuertas del docking bay número siete se abrieron sobre el espacio exterior.
Afuera, el sector Mancha Estelar se desplegaba en su gloria habitual: una negrura salpicada de estrellas lejanas, algunas de las cuales tenían mundos y algunas de las cuales tenían solo silencio, y entre ellas los polvorientos restos de todo lo que el sector había sido y ya no era: astilleros abandonados que brillaban como esqueletos a la luz de un sol remoto, satélites fuera de órbita que giraban sin destino con la paciencia de los objetos que han olvidado su propósito, y más allá, mucho más allá, esa oscuridad específica del espacio profundo que no es ausencia de nada sino presencia de todo lo que aún no ha sido encontrado.
Don Quijote de La Galaxia miró todo esto desde la cabina de Rocinante Estelar con el corazón tan lleno que le dolía debajo de la armadura.
Luego miró los instrumentos, ninguno de los cuales indicaba condiciones particularmente favorables para el vuelo, y pensó en Dulcinea.
Su nombre completo, tal como él lo había construido en las páginas más íntimas de su mente, era Dulcinea del Sistema Toboso: la más perfecta de las criaturas que poblaban los brazos espirales de la galaxia, cuya virtud y cuya hermosura iluminaban los sectores que ella habitaba con una claridad superior a la de cualquier estrella catalogada. Él nunca la había visto. Había leído, en algún boletín del senado que alguien había dejado olvidado en la sala de espera de la enfermería de la estación, un nombre: Dulcinea del Toboso, senadora junior del sistema del mismo nombre, autora de una propuesta de enmienda anticorupción al Comité de Supervisión Comercial que había sido archivada sin debate. Era, objetivamente, poca información sobre la que construir una dama de la que ser caballero.
A Don Quijote esto no le parecía un problema. Los caballeros jedi de los holocrones no habían conocido a sus damas en persona. Las conocían en esencia, en ideal, en la forma luminosa que precede a la forma material. Él conocía a Dulcinea en esencia. En la esencia de la justicia que ella intentaba hacer y que el universo se negaba a dejarla hacer. En la esencia de la persona que, en un senado podrido y en un sector olvidado, seguía presentando enmiendas que nadie leía.
Eso, determinó él, mientras el motor de babor de Rocinante tosía y el espacio exterior se abría ante ellos como una promesa que nadie había formulado aún en voz alta, era suficiente.
Era, de hecho, exactamente suficiente.
—Por ti —le dijo al espacio, que no respondió, porque el espacio no responde, que es tanto su virtud como su defecto más notable—, y por todos los que el universo ha dejado sin defensa. Que el caballero parte. Que la Fuerza etérea lo guíe o lo abandone según sus inescrutables designios. Que las estrellas sean testigos.
Las estrellas, en su inescrutabilidad habitual, no testificaron nada en particular.
Pero el motor de estribor respondió con más convicción de la esperada, y Rocinante Estelar se deslizó hacia el espacio exterior con la dignidad torpe y magnífica de las cosas que van a hacer lo que van a hacer independientemente de si el universo les ha dado permiso.
La compuerta del docking bay número siete se cerró detrás de ellos.
En la plataforma de control, el sistema de registro automático de la estación Mancha Estelar anotó, con la sequedad propia de los sistemas automáticos: «Salida no autorizada, RCN-7, hora 03:47, sin destino declarado, sin plan de vuelo registrado, motor de babor con posible avería térmica.»
Nadie leyó el registro hasta tres días después.
Para entonces, Don Quijote de La Galaxia llevaba ya tres días siendo, con toda la convicción de su corazón reposado, el último caballero jedi del sector Mancha Estelar, y el universo, que tiene sus propios sistemas de registro y sus propios criterios para lo que constituye una avería y lo que constituye una partida, había comenzado a tomar nota a su manera.