En los márgenes olvidados de la galaxia, donde la República ha caído y el Imperio ha decaído hasta convertirse en mero recuerdo polvoriento, vive Alonso Quijano de la Mancha Estelar: un hidalgo de mediana edad, bibliotecario de una estación orbital en ruinas, que ha consumido su juicio y su sueño leyendo viejos holocrones sobre los Caballeros Jedi. Convencido de que la Fuerza aún fluye por sus venas envejecidas y que el universo clama por un héroe de sable de luz, se bautiza a sí mismo Don Quijote de La Galaxia, empolva una armadura de piloto corroída, monta una destartalada nave carguera que bautiza Rocinante Estelar, y jura proteger a los débiles y restituir la antigua Orden. Como escudero recluta a Sancho Párpax, un mecánico rechoncho y pragmático al que promete el gobierno de una luna habitada. Juntos surcan los brazos espirales de la galaxia: Don Quijote confunde estaciones espaciales de minería con castillos del mal Imperio, toma hologramas publicitarios por ejércitos sith, y libera cargamentos de esclavos que luego lo agreden en señal de gratitud. Una joven senadora llamada Dulcinea del Sistema Toboso —en realidad una funcionaria burocrática que jamás lo conoce— es el faro de todos sus desvelos caballerescos. Entretejidas en sus aventuras aparecen historias de contrabandistas enamorados, generales caídos en desgracia y espías que sirven a un misterioso Lord Sideral, figura que manipula desde las sombras el colapso de lo que queda de la República Galáctica. La novela explora con melancolía y humor cervantino la tensión entre el idealismo heroico y la prosaica corrupción del poder, preguntando si la locura de creer en la justicia no es, acaso, la única cordura que le queda al universo.
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