Existe en los archivos del Senado Galáctico, correctamente catalogado bajo la referencia provisional SG-7741-B, un documento que el cronista ha tenido ocasión de examinar con la atención que merece, y que consiste en una serie de comunicaciones internas fechadas en el período que ocupa este capítulo, durante cuya lectura el cronista experimentó esa particular incomodidad que producen los documentos auténticos cuando resultan más inverosímiles que la ficción. Pues hay mentiras que parecen verdades y verdades que parecen mentiras, y la historia que aquí se narra es de aquellas que ningún inventor habría tenido la desvergüenza de inventar, por considerarla demasiado perfecta en su malicia para resultar creíble.
Comenzaremos, pues, por el principio. O más exactamente, por el final del principio, que es donde suelen comenzar las cosas verdaderamente importantes.
Lord Sideral no tenía despacho. Esta era la primera y más reveladora cosa que podía decirse de él, aunque el cronista reconoce que no es la cosa que la mayoría esperaría escuchar sobre un hombre de su calibre y sus consecuencias. Los hombres de poder tienen despachos. Los hombres de poder tienen asistentes, y secretarias, y placas en las puertas, y sillas de cuero genuino importado de planetas donde todavía quedaban vacas, y toda esa arquitectura de la importancia que sirve menos para gobernar que para recordarle a los demás que uno gobierna. Lord Sideral no tenía nada de eso. Tenía una mesa en distintos lugares, según el día, y esa mesa era suficiente.
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