La máquina expendedora del nivel inferior del docking bay llevaba averiada catorce meses. Esto era un hecho conocido por todos los mecánicos del turno de mañana, registrado en el formulario de mantenimiento MM-4471 desde hacía un año y dos meses, y completamente ignorado por la administración de la estación, que tenía otras doscientas setenta y tres solicitudes pendientes de mayor urgencia declarada, entre ellas cuatro fallos de presurización, dos sistemas de extinción de incendios inoperativos, y la cuestión persistente de los conductores eléctricos del nivel seis, que llevaban parpadeando de manera sospechosa desde la última revisión imperial.
La máquina, sin embargo, no parecía haber sido informada de su avería. Seguía encendiéndose cada mañana, seguía mostrando su menú de dieciséis bebidas, y seguía aceptando monedas con una cortesía que rozaba lo perverso. Lo que no hacía era dispensar lo que se le pedía. En su lugar, dispensaba lo que le apetecía: si se le solicitaba café negro, entregaba un sobre de sopa de fideos reconstituidos; si se le pedía té, producía un zumo de fruta sintetizada de color dudoso; si alguien, en un acto de rendición pragmática, le pedía directamente el zumo de fruta sintetizada, la máquina reflexionaba durante treinta segundos y luego devolvía las monedas sin explicación.
Sancho Párpax llevaba veintidós minutos en conversación con ella.
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