Conviene advertir aquí al lector que la historia que sigue ha sido extraída, con no pequeña dificultad, de fuentes cuya fiabilidad el propio narrador no garantiza en su totalidad: a saber, el registro de vuelo de Rocinante Estelar, varios informes contradictorios del Gremio de Transporte de la Zona Exterior, y el testimonio oral de Sancho Párpax, quien tiene la costumbre de comenzar sus relatos en el tercer cuarto de los hechos y de adornarlos con refranes que mejoran la narración a costa de la exactitud. Lo que sigue es, en todo caso, lo más próximo a la verdad que estas fuentes permiten reconstruir, y si en algún punto la verdad y la grandeza entran en conflicto, el narrador ha optado, siguiendo el ejemplo de su caballero, por la grandeza.
Llevaban dos días de vuelo desde Colonia Verde-Mancha IV cuando la antena de repuesto que Sancho había fabricado con un trozo de tubo de refrigeración secundaria, tres metros de cable de cobre recuperado del panel de instrumentos trasero, y una fe en la física que rondaba lo teológico, comenzó a recibir señales.
No era una antena, en rigor. Era una aproximación filosófica al concepto de antena: sugería la posibilidad de recepción sin comprometerse del todo con ella. Pero el universo, que tiene sus propias ironías, permitió que precisamente ese aparato interceptara, en la frecuencia 7.443 de la banda media del sector exterior, una transmisión que cambiaría el curso de aquella jornada y de todas las que vinieron inmediatamente después.
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